Bajo el
volcán
Diálogo con Ana Poliak *
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"Se debería poder hacer
cierta película. Una película de
insistencias, de miradas retrospectivas,
de reinicios. Y luego abandonarla. Y
filmar también este abandono. Pero no se
hará, ya se sabe. Nunca se hará."
Marguerite Duras,
"Escribir" |
A casi dos años de su finalización, el 31 de
octubre del corriente año se estrena en Buenos
Aires el segundo largometraje de Ana Poliak, La
fe del volcán. Entrevistamos a la realizadora
con el fin de comprender el recorrido de una
propuesta cinematográfica inusual en nuestro
medio. Este diálogo gira en torno a las causas
que la llevaron a emprender un camino
alternativo, que atraviesa la creación desde los
modos de producción hasta el trabajo con los
actores, desde el devenir de una idea hasta el
paciente trabajo de montaje. A lo largo de cuatro
horas de conversación, con voz pausada y leve,
Ana Poliak nos relató parte de este intenso
proceso, el mismo que a continuación
transcribimos para ustedes.
Pregunta: ¿Cómo comenzó el
proyecto de La fe del volcán?
Respuesta: El inicio de La fe del volcán fue
cuando hablé con Willi Behnisch, que luego hizo
la luz y la cámara, como en ¡Qué vivan los
crotos! (1990). Había decidido que después de
mi primera película quería escribir un guión
y, como soy incapaz de auto disciplinarme,
quería tener la experiencia de escribirlo con
otra persona.
P: ¿No habías escrito el guión de
¡Qué vivan los crotos! con él?
R: Sí, lo que pasa es que eso había sido una
cosa muy diferente. Trabajamos muchísimo juntos,
en charlas, y yo consideré que eso era escribir
un guión. Pero jamás nos sentamos con Willi a
escribir nada. En cambio, para La fe del volcán
yo le propuse esto, escribir juntos un guión, y
él lo pensó un día. Me pidió 24 horas, porque
nunca lo había hecho en su vida ni se le había
ocurrido. Y lo pensó, me dijo que sí y
empezamos a trabajar todos los días,
rigurosamente. Tocaba el timbre, y yo ya estaba
despierta, esperándolo. Fue un trabajo ya
extraño en su concepción, porque no partimos de
nada concreto, de ninguna historia que
quisiéramos contar. Cuando empezamos, dijimos:
'Partamos de una novela de un amigo en común,
volvamos a leerla'. Y nos dimos cuenta que no,
que no era eso. Entonces empezamos a poner cada
uno sus obsesiones, sus imágenes. Lo que yo sí
tenía era el personaje del afilador, del que
había estado escribiendo un tiempo, escribía
imágenes sueltas pensando en una película. Y
Willi también tenía sus propias imágenes, no
sé si para una película, pero sí
ensoñaciones. Eran imágenes más bien
abstractas, que están en el guión, pero no en
la película. Ese trabajo fue muy curioso, a
veces nos sentábamos juntos y cada uno escribía
algo y no sabía uno lo que estaba escribiendo el
otro, a veces escribíamos una escena, a veces
escribía cada uno en su casa, sin saber en
realidad qué era lo que estábamos escribiendo.
Y así se fue armando una carpeta gorda, hasta
que un día me enteré que había un concurso en
el I.N.C.A.A. Y yo, que por esto de que soy
incapaz de disciplinarme siempre necesito de una
fecha de cierre o algo así, me dije: 'Esta es la
oportunidad'. Así es que traté de juntar todo
eso y darle una forma de guión, algo que
empezara, siguiera, terminara, pero que aún así
era una cosa muy literaria. Concretamente, la
protagonista del guión era yo, o sea, una nena
de clase media, en su adolescencia, en plena
crisis depresiva, relacionada con otros
personajes y entre ellos con el afilador, que
tenía características similares a las del
afilador que aparece en la película.
Transcurría en la época de la dictadura y
tenía bastante de autobiográfico. Ese fue el
guión que mandamos a Holanda, ese fue el guión
premiado por la Fundación Hubert Bals del
Festival de Rotterdam, y ese fue el guión con el
que después hice dos años de trámites en el
I.N.C.A.A. para pedir un crédito y cuando
conseguí el crédito lo rechacé.
P: ¿Qué diferencias existieron
entre los procesos de producción de tus dos
películas?
R: Yo tenía esta idea, tal vez absurda, de que
mi segunda película tenía que ser hecha en
condiciones iguales y no inferiores a la primera,
en cuanto a poder pagarle a la gente. Porque la
primera yo la había hecho con un premio de la
Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, que
había gestionado financiación en el exterior y
había conseguido interesar a la Televisión
Española, al Canal Cuatro de Inglaterra y a la
National Film Board de Canadá. Como era la
época del comienzo del menemismo -era el año
89-, cada semana, como me habían dado dólares,
yo había arreglado con el equipo un sueldo en
dólares, porque se sabía que cada semana iba a
ser más. Entonces, dentro de lo pequeña que era
la producción, digamos que estaba bien, porque
la gente cobraba. Y así se hizo, en 16 mm., el
viaje a Tandil en camión, luces, gente
contratada, comida.
Teniendo el premio de 25.000 dólares de Holanda
-que era un premio de apoyo a la realización y
que podías usar tanto para viajar a buscar más
dinero o para hacer una parte de la película o
para pagar producciones o lo que sea-, hice todo
el recorrido que debe hacer un cineasta, tanto en
el exterior como en la Argentina: ver a
productores, ir a mercados, pedir créditos.
Antes de eso hubo muchos otros proyectos que
estuvieron a punto de hacerse y que siempre
quedaron ahí, porque había un productor
canadiense y otro italiano, y el italiano decía
que no y toda esta cosa de las coproducciones.
Porque en una coproducción hay por ejemplo tres
que están interesados, pero siempre los tres
esperan que uno diga primero que sí para
después ellos decir que no, entonces se
convierte en una cosa surrealista, no hay forma
de que se concrete. Además, estamos hablando de
proyectos que no tienen ningún ingrediente
comercial. Me encontré, por ejemplo, con grandes
productores españoles que me decían si el
afilador no podía ser un español. 'Y no, la
verdad que no'. 'Bueno, entonces no hablemos
más, aquí te dejo las bases de lo que nuestra
televisora entiende por largometraje.' Fue como
interiorizarse de todas las recetas de cocina del
cine internacional y nacional.
P: ¿Por qué rechazaste el crédito
del I.N.C.A.A.?
R: Creo que era la gestión Maharbiz porque mi
trámite duro dos años. A mí siempre me decían
que para tener un crédito o para hacer cualquier
cosa dentro del Instituto había que tener una
especie de gestor, una persona que fuera y
coordinara y que así era como se conseguían las
cosas. Y yo me empeciné en que no, tenía que
demostrarme a mí misma y no sé a quién, que
no, que no era así, que no podía ser así.
Entonces empecé un trámite que duró dos años,
lo tengo todo anillado, es un guión maravilloso.
Un amigo me decía: 'Esa es tu película, Bresson
hubiera hecho con eso una película. Dos piezas:
vos en una pieza y en la otra un señor de
espaldas.' La tramitación duró dos años y son
como noventa páginas de cartas de ellos, cartas
mías, cartas de ellos, cartas mías.
P: ¿En que consiste este
"guión"? Contado así, parece una
crónica sobre la burocracia del I.N.C.A.A.
R: Ahora me parece gracioso, pero en verdad era
tragicómico, porque mis argumentos frente a los
de ellos eran de este tipo: 'Usted tiene que
presentar como garantía una casa.' Entonces yo
escribía: 'Señor, yo no tengo casa porque me
compré un equipo de edición para seguir
haciendo películas y no tengo casa, alquilo mi
casa.' 'Usted tiene que presentar una casa.'
Entonces yo volvía: 'Señor, cómo puede ser que
el Instituto de cine me castigue porque yo en vez
de comprarme una casa me compré un equipo para
continuar haciendo películas'. 'Bueno, está
bien, prende los equipos.' Todos eran argumentos
así, pienso en otro ilustrativo. 'Usted tiene
que tener una distribuidora interesada, ¿cuál
es la distribuidora?' 'Viada Producciones, mi
distribuidora.' Respuesta: 'Viada Producciones no
es una distribuidora porque no la conoce nadie,
no significa nada.' Entonces yo le contestaba:
'Están señores muy equivocados, Viada
Producciones no sólo es una distribuidora sino
que ha distribuido ¡Qué vivan los crotos!, una
película que ningún otro distribuidor argentino
pudo distribuir.' Entonces decían: 'Bueno, esta
bien, le aceptamos Viada Producciones.' Era como
por cansancio. Y así fue subiendo del 50% de
aval al 100% de aval, de interés simple a
interés especial, hasta que llegó el último
día. Ya habían pasado dos años, yo había
prendado los equipos y aparte de eso había
sacado un seguro que se llamaba seguro de
insolvencia, que consistía en pagar una suma de
dinero correspondiente al dinero que el Instituto
te daba. Como yo no tenía la menor idea de una
aseguradora, pregunté y me dijeron: 'Puede ir
por ejemplo a tal'. Fui a tal y pagando eso, si
vos te escapabas con la plata o no hacías la
película, el seguro te lo cubría. Igual, el
Instituto no te da la plata toda junta, o sea,
que tampoco es que te ibas a ir con toda la
plata. Pero si vos no terminabas la película,
por ejemplo, si en la anteúltima cuota, vos
decías: 'Bueno, ahora voy y me compro un coche',
esta aseguradora se hacía cargo. La cuestión es
que en la última reunión que tuvimos me di
cuenta que había algo muy raro. No tenía
ningún gestor ni nadie que coimeara para mí,
pero las coimas estaban dentro del Instituto,
había toda una organización. Unos meses
después me enteré que efectivamente se había
inventado una aseguradora, que la había
inventado gente del Instituto, no sabría decir
quiénes. La cuestión es que los tipos ganaban
de acuerdo a la cantidad de dinero que vos
pedías y se la repartían, mientras te decían
que te estaban ayudando a conseguir un crédito.
Por suerte me di cuenta, averigüé.
Evidentemente el dinero sí te lo tenían que
devolver y pude recuperar todo. Después supe que
había un montón de gente de la industria en la
misma situación. Lo que yo hice fue encarpetar
la correspondencia, por orden cronológico. Así
me quedó la hermosa carpeta y la horrible
experiencia. Y me dije: 'Este, evidentemente, no
es mi camino'.
P: Entonces, ¿cuál fue tu camino?
¿Cómo llegaste al formato digital?
R: Obviamente que en todo este proceso yo iba
trabajando en montaje, para vivir, pero
inevitablemente me iba deprimiendo, me iba
desgastando, desesperando, no podía encontrar el
camino de mi expresión. Sentía que estaba todo
cerrado, que yo no tenía lugar, que no servía
de nada haber hecho una película que tuviera
premios afuera, que tuviera buena crítica acá y
que además a mí no me interesaban esos
métodos.
Por suerte apareció por esos años el tema de la
tecnología digital, el DV, y el tema del dogma.
No lo digo por el dogma, que me parece un chiste
de los daneses, que el mundo se tomó en serio.
Para mí también es un chiste pero, de todos
modos, me parece que abrió puertas, porque de
algún modo se institucionalizó el formato como
un formato aceptado en cualquier festival del
mundo. Justo coincidió con el primer Festival de
Cine Independiente de Buenos Aires, entonces
empecé a perseguir, a ver qué era esto, porque
a mí el video nunca me gustó. La textura del
video no me gusta, por eso nunca había hecho
nada en video. Y empecé a mirar y me gustó, me
pareció que sí, que era una textura que me
gustaba. Por un lado estaba lo económico, porque
obviamente me di cuenta, después de chocar con
todos lados, que no iba a conseguir nunca la
cantidad de dinero necesaria para tener una
cámara de 35mm. o 16mm. como había sido en
¡Qué vivan los crotos!, con un equipo y todo lo
demás. Pero, más allá de todo eso, aunque
hubiera podido conseguir la plata, y hoy mismo lo
siento, también empezaba a intuir que mi modo de
expresión o lo que a mí me interesa hacer en el
cine, tampoco tiene nada que ver con eso, con una
estructura de 25 o 15 personas, un camión,
luces, todo lo que significa el fílmico. Aunque
me parece hermoso el fílmico, todo lo que
significa haber participado en un montón de
películas en las que trabajé como ayudante de
dirección, me parece maravillosa toda la
mística y lo disfruté muchísimo y volvería a
disfrutarlo. Pero yo, personalmente, frente a eso
sentía que no podía expresarme. Y como soy
lenta en todo, tardé mucho en descubrir que lo
mío tenía más que ver con lo que puede ser
pintar un cuadro o escribir un poema, algo más
solitario, más personal, sin presión de ningún
productor al que le tengas que rendir cuentas de
por qué página vas, de si sacaste la página,
de por qué la película ahora empieza acá si
antes empezaba allá. Buscaba una cosa
completamente personal, marginal, libre de toda
presión. Y pensé: 'Si un día se puede
terminar, bárbaro.' Todo ese proceso me llevó,
por un lado, al descubrimiento de la cámara
digital, entonces decidí que con el dinero de
Holanda lo que iba a hacer, lo que hice, fue
comprar una camarita digital, comprar unos
micrófonos y dije: 'Ya está, con esto voy a
hacer una película.'
P: Por lo que nos contabas, notamos
que hubo cambios importantes entre el guión y la
película.
R: Cuando tuve la camarita, había llegado a un
estado muy depresivo. Y es desde ese estado y
desde la decisión de hacer la película como
fuera, que empecé a sentir que el guión que
habíamos escrito, aparte de que era irrealizable
con esos medios, ya no me interesaba. Ya no me
interesaba la angustia de una nena de clase
media, pero sí que la nena fuera de clase baja,
me interesaba el personaje del afilador y me
interesaba contar la película desde el lugar en
el que yo me encontraba, que era ese estado del
alma que tenía que ver con el que había vivido
a los diecisiete años, pero más agudizado. Es
decir que no me interesaba contar esa historia,
sí hacer referencia a ella, pero no contar esa
historia que ya no me parecía, y que de hecho
hoy en día no me parece, interesante. Y gracias
al apoyo de Willi Behnisch pudimos hacerla, y la
hicimos entre muy poca gente. Y la película se
fue haciendo, no hubo una modificación del
guión, no es que nos sentamos y dijimos: 'Bueno,
ahora la película cambia'. No. Lo primero que se
filmó fue la primera imagen de la película,
pero no porque supiéramos que era la primera
imagen.
P: A la primera imagen de la
película sigue un texto: "Estoy en un piso
muy alto, rodeada y llena de vacío. Tengo que
saltar, lo sé. ¿Pero hacia afuera o hacia
adentro?" Esta pregunta, de alguna manera,
¿funcionó como el desencadenante de la
película?
R: Es muy difícil de explicar, pero la pregunta
que está al comienzo de la película fue la que
yo le hice a Willi ese día y le pregunté cómo
se filma esto. Y nos pusimos a buscar
desesperadamente cómo se filmaba eso. Pero no
había ni plan de filmación ni nada. Para mí la
película fue saltar para dentro y eso me salvó
de saltar para afuera. Me parece maravilloso
haberlo hecho porque pasaron millones de cosas
hermosas. Creo que desde el guión original -que
no se filmó pero en algún lugar de la película
o del proceso está-, la esencia era la misma.
Era una especie de alarido sobre una situación
que sentíamos, que también es difícil de
explicar, esta situación de opresión, donde el
ser humano se va diluyendo.
P: Mucha gente que tuvo la ocasión
de ver La fe del volcán considera que es una
película pesimista. ¿Por qué pensas que esto
sucede?
R: Aunque hay gente que la ve como una película
muy pesimista, nunca la intención fue hacer una
película pesimista sino lo contrario. A lo mejor
me salió mal. Lo que sí se es que jamás haría
una película pesimista, no porque yo sea
optimista sino porque no me interesa comunicar el
pesimismo, no le vería el sentido. Hoy, hablando
con una persona que acababa de ver la película,
yo le pregunté eso, si le parecía una película
pesimista y me dijo: 'No, me parece una película
durísima, que me dejó con un agujero en el
estómago pero, al contrario, yo lo que sentí es
que me movía y me dejaba en un estado de
reflexión y eso es lo que creo que necesitamos.'
Y eso es lo que yo quiero también: parar y
pensar, pensar dónde vamos, pensar cuál es la
responsabilidad de cada uno, pensar cuál es el
lugar que como ser humano tiene uno y el peso que
tiene, aunque todo apunte a convencernos que no
somos nada y que no significamos nada más que
cosas que consumen, si es que tienen dinero,
porque ya ni siquiera vamos a poder consumir.
Además, evidentemente esa idea del mundo se
está desmoronando, no funciona para nada. Porque
un día si paran un segundo van a pensar: 'No
podemos matar a todos porque, ¿quién va a ir al
shopping?, ¿con qué nos van a pagar?' No sé,
aunque sea por eso pagarán sueldos. No sé que
hay en la cabeza de la gente que maneja el mundo,
pero lo que sí sé y lo que la película quiere
es hablar de eso, desde el título hasta la frase
final y toda la película, proponer una
reflexión acerca de eso. Y no hablo de ninguna
revolución, porque la verdad es que ni la veo ni
sé cuál sería, no tengo ni la menor idea, lo
que sí sé es que si cada uno de nosotros, y me
incluyo, tuviéramos absolutamente conciencia de
lo que valemos como individuos, el mundo sería
otro. La película quiere hablar de eso y, en ese
sentido, de ninguna manera la idea era transmitir
un mensaje desesperanzador. Ahora, vos me
preguntas por qué la gente se queda con eso,
supongo que es porque verá algo muy duro, y
supongo que para un argentino es más duro aún,
porque está implicado. Esa crítica me la hizo
David Walsh, un crítico norteamericano al que le
encantó la película, pero él tiene toda una
teoría sobre los artistas actuales depresivos, o
angustiados por la situación del mundo. Para él
la película lo que hace es condenar, acusar o
implicar al otro, al argentino, en lo que padece.
Y, sí, yo en eso creo, puede ser que sea
erróneo o injusto, pero personalmente lo vivo
así. Cuando yo tenía 14 años, en el 76, y
desapareció mi maestra, era absolutamente
conciente de que existían los campos de
concentración. Y por más que mucha gente,
incluso amigos, me dicen que es una cosa
absolutamente estúpida, yo me considero
responsable. Cuando yo volvía todos los días a
mi casa, pasaba por la puerta de una comisaría y
durante años y años, cada vez que pasaba
pensaba: 'Ahora sí. Me paro acá y empiezo a
gritarles todo lo que pienso y entonces, ¿qué
va a pasar? Y, me van a pegar un tiro. Bueno
está bien, a mí me van a pegar un tiro, pero si
lo hacemos todos, ¿qué? ¿Van a matar a todos?'
Bueno, yo nunca me animé. Puede ser
absolutamente idiota lo que digo, puede no
conducir a nada, pero en todo caso es subjetivo,
como todo. Yo lo viví así y lo sigo pensando.
Yo no lo hice, no hice eso como tampoco fui a las
marchas de los jueves. Cuando estudiaba en el
Instituto, tenía un compañero que iba y me
acuerdo la cantidad de jueves que iba antes al
Instituto, salía de mi casa en Ramos Mejía
donde vivía con mis padres, y decía: 'Hoy voy.'
Y caminaba tres horas alrededor, daba vueltas y
no me animaba y me iba al instituto. Y no me
animé. Evidentemente no cambiaba nada si yo iba
un jueves o no iba, pero me refiero a que sí me
siento responsable o parte de lo que vivimos, por
más que no haya votado a los que hicieron los
mayores desastres. Creo que es así, o no lo
tengo claro pero, respondiendo a la pregunta que
me hacías, creo que el hecho de que mucha gente
vea La fe del volcán como una película
pesimista, tiene que ver con eso, con poner el
dedo en la llaga.
P: Quisiéramos saber un poco sobre
los actores, cómo fueron apareciendo los
personajes.
R: Primero decidí elegir al actor. Jorge Prado
es actor de teatro y en cine y TV ha hecho
pequeños papeles, pero este es su primer
protagónico en cine. Con él empezamos un
trabajo sin ningún guión, es más, no le di ni
una hoja, nada. Fue más bien una larga
conversación, muchas conversaciones. Él estaba
sintiendo lo mismo, quería hablar de lo mismo. Y
buscamos mucho, charlamos mucho y después
empezamos a buscar el personaje con la cámara,
pero improvisando, como ensayos. No sé cuantas
horas habremos grabado, no sé cuántos días o
cuántos meses, no tengo ni idea. Mientras tanto,
se iba armando este personaje con cosas de su
vida, con ideas que surgían. Y así iba quedando
como una especie de archivo de sensaciones. Por
ejemplo, un día pasó que tuvimos una larga
charla y él me dijo: 'Creo que acabo de
descubrir algo fundamental del personaje.'
Entonces le dije: 'Bueno, vamos ya.' 'No, no, el
lunes.' 'No, vamos ya.' 'Pero yo me lo voy a
acordar.' 'No, no, vamos ya.' Y fuimos a mi casa,
prácticamente lo obligué a venir. Había una
terraza ahí, en el piso trece. Prendimos la
cámara y empezó a buscar y todo eso terminó en
un alarido, en un ataque de angustia y de llanto.
Y gritó. Y cuando terminó me dijo: 'Gracias, al
final me hizo muy bien hacerlo.' Pero en realidad
lo que él quería era salir corriendo para ir a
su casa a pegar el grito. Y esas cosas iban
quedando como si fuese eso, un archivo
inconsciente, no es que quedaban anotadas. Y
cuando empezamos a filmar, yo le tiraba algunas
de esas cosas. Y esa fue la pauta para la escena
de la bicicleta. Ahí tenían ciertas consignas
claras, sabían que él decía tal cosa, que la
nena decía tal otra. Y al final del largo
travelling, la consigna para Jorge era: '¿Te
acordás aquel día que en la terraza te pasó
tal cosa?' Yo no le decía gritá, pero le decía
eso, '¿Te acordás...?'
Y después, una vez que el personaje de Danilo
para mí estuvo parado, sólido, salí a buscar a
la nena. Tuve mucha suerte, porque la encontré a
través de una institución que se ocupa de
chicos de la calle. Mónica había estado desde
los cinco años en relación con ellos, ya no
estaba en la calle pero había estado, era toda
una historia muy complicada. Y la conocí, me
pareció maravillosa, charlé con ella, empezamos
una relación, fue todo muy rápido.
P: Las escenas entre los actores
parecen captar momentos irrepetibles. ¿Cómo fue
el trabajo con ellos?
R: El trabajo con ellos tenía mucho de
documental porque, por ejemplo, lo que en la
película es el primer encuentro de los
personajes, que es cuando comen el sandwich y él
le cuenta lo del edificio, fue en realidad el
primer encuentro entre ellos, los actores. Eso
del edificio había sido una cosa dentro de toda
esta improvisación, de esta búsqueda. Yo le
dije a Jorge: '¿Por qué no empezás a contar
personajes de un edificio?' Entonces empezó a
tirar ideas y la seguimos un montón de días y
ya era un unipersonal, había como cuarenta
personajes. Y eso quedó ahí, en algún lado
estaba. Entonces el día que viene la nena por
primera vez, estaba ella con su prima que la
había acompañado, estábamos todos en ese
callejón y aparece Jorge, que encima venía en
bicicleta. Como no había ni producción que se
encargara de cargar la bicicleta y de llevar a
los actores, Jorge iba en bicicleta a las
locaciones. Entonces estábamos con la nena
esperando en ese lugar que habíamos elegido y de
repente se escucha a la primita que le dice:
'Ahí lo tenés.' Y venía Jorge, pero venía de
afilador, o sea que venía el personaje en
realidad, para la nena venía el afilador. Ella
lo único que sabía de la película era que iba
a haber un afilador, nada más. Entonces comimos
algo y después empezamos. La consigna era: 'Van
a comer un sandwich y vos Moni en algún momento
le vas a preguntar cómo hace para conseguir
trabajo'. Y la consigna para él, que ella no
sabía, era: 'Tirá algo, no el unipersonal, pero
algo de lo que te salga de lo que habíamos hecho
del edificio.' Largamos cámara y la nena se
reía cuando le daba risa, miraba azorada cuando
le parecía que estaba loco, era absolutamente
espontánea la reacción de ella. Entonces había
como una mezcla de ficción y documental en la
misma escena. Fue muy interesante eso en la
película porque ellos se fueron conociendo
haciendo la película, se fueron conociendo como
los personajes. Y eso fue muy lindo. Obviamente
después íbamos a tomar la leche o a comer una
pizza y hablábamos, no es que terminaba la
escena y cada uno se volvía a su casa, había
una relación.
P: ¿Ella no te preguntaba acerca de
lo que estaban filmando?
R: No, ella nunca me preguntó nada, yo le iba
contando cada día. Cuando nos conocimos me dijo
que todavía no sabía si quería ser peluquera o
actriz. Y yo le dije que iba a tener oportunidad
en la película, porque yo había pensado que
ella fuera aprendiz de peluquera. En el guión
original, aunque era otra historia, la madre
tenía una peluquería y a mí me gustaba la idea
de que fuera aprendiz en una peluquería. Y
cuando Moni me dijo esto me confirmó que sí,
que había que hacerlo, porque ella estaba
realmente interesada en hacerlo. Entonces fuimos
a la peluquería y cuando a ella la señora le
explicaba, incluso en partes que no están en la
película, o previo a la filmación, ella no
estaba en una película, estaba aprendiendo a ser
peluquera. Todo lo vivió así. El día que
estrenaron la película en el Festival de Cine
Independiente, ella vino con un primito, y
mientras veían la película se mataban de risa.
Cuando terminó, yo la hice pasar adelante y la
ovacionaron y ella miraba para abajo. Es obvio
que iba a estar desconcertada, que se iba a
sentir fuera de lugar, inhibida y todo, pero
nunca se le ocurrió especular con eso. En un
momento sí me dijo: 'Ahora sé que quiero ser
actriz.' Y habló con Jorge, se habló de
estudiar, pero nunca hubo esta cosa de fantasear
con la televisión o el éxito, ni de parte de
ella, ni de la madrina, ni de nadie. No, fue una
cosa absolutamente natural, que pasó más por la
experiencia afectiva que teníamos fuera de la
película, la experiencia de salir los fines de
semana, de ir al cine, con ella, con los
primitos, a veces con Jorge. Era una relación
afectiva, no había una expectativa ni una
especulación acerca de lo que iba a pasar
después. Ella se entregó, se dejó llevar y
nunca me preguntaba qué íbamos a hacer el día
siguiente. Me decía: 'Y mañana, ¿a qué hora
es? Y ¿dónde es?' Y después llegaba y me
decía: '¿Y qué vamos a hacer?' Y yo le iba
contando. Claro que hay escenas que son más
pautadas, como la de la peluca, aunque son
pautadas hasta cierto punto.
P: Sería entonces un proceso de
búsqueda donde el azar juega un papel
importante.
R: Se filmaron como cuarenta horas, no con ellos,
de todo. Yo fui a la casa de mi maestra
desaparecida, la casa estaba vacía. Pude entrar,
pude filmar adentro, pude filmar con su hijo, él
me filmó a mí. Probé diez millones de cosas en
la película y muchas no iban.
Después estaban todas esas tiradas larguísimas
como, por ejemplo, en el puerto. Eso dura dos
horas por lo menos, todo dura horas. Y era eso,
decirle a él: 'Bueno, esta es la pauta, entonces
cuando termine la pauta vos seguí, con lo que se
te ocurra, pero seguí para el lado de la mierda
que para vos es este país.' Y nosotros
filmábamos y salía cualquier cosa. Después hay
una selección de esas dos horas y quedó lo que
quedó. Es un montaje de todo eso que él fue
tirando. Hay escenas que son así y hay escenas
que no. Como decía, en la escena de la peluca
fue nada más cortarle el final y en otras hay
todo un montaje más complejo, en las partes
intermedias. Como en la caminata donde terminan
escuchando ese tango. Ahí caminamos como veinte
cuadras y también había pautas sobre qué cosas
se iban a hablar. Pero después ellos se
encontraban frente a los silencios del otro, las
cosas que pasaban en la calle. Y a partir de todo
ese material yo hice la selección en el montaje
de los momentos que me gustaban.
P: En Danilo hay todo el tiempo un
doble jugando, que de alguna manera representa la
postura del argentino, es como una especie de
defensa que necesita para seguir viviendo
después de cosas terribles que han pasado. No
sé si eso lo pensaste así.
R: Me hiciste acordar con este comentario, a una
proyección que se hizo en Suiza donde había una
chica que había vivido acá muchos años. Y
cuando salió estaba medio consternada, me dijo
que quería hablar conmigo, y me dice: 'Te
quería preguntar algo porque a mí el personaje
del afilador me provocó un profundo rechazo y
siento por él algo que siento por los
argentinos. Porque yo tengo una parte argentina
que lo entiende y mi parte suiza lo detesta.' Lo
que ella no podía soportar era esta cosa de los
argentinos del cinismo, de jugar con el cinismo
para defenderse. Ella nunca había soportado eso,
le parecía una debilidad, una cobardía y creía
que así nunca se podía salir adelante, porque
en definitiva lo que estaba haciendo era tapar
cosas. Y le parecía que este tipo era la fiel
pintura del porteño. Yo la escuché y la verdad
es que no me había dado cuenta, no lo pensé por
eso.
P: Cómo fue el proceso de montaje,
porque debe haber sido un trabajo muy arduo.
R: La verdad es que no llevé la cuenta del
tiempo transcurrido, porque fue un proceso
paralelo. Desde que filmamos la primer toma hasta
que se terminó la película, cuando estuvo la
primer copia fílmica, pasó un año. Pero
nosotros por ahí filmábamos un día y una
semana no, tres días y diez días no, un día y
un mes no, o porque yo no sabía qué hacer o
porque alguien tenía trabajo. Mientras tanto en
el A.V.I.D., la isla de edición, había trabajo,
entonces de noche o en los horarios en que estaba
libre la isla, yo iba viendo el material y
probando las versiones. Hubo muchas películas y
muchas cosas que yo quería que estuvieran, no
entraban y a veces me empecinaba. Como esto que
te cuento del hijo de Lucina, mi maestra, que me
parecía hermoso. Eran infinitas las
posibilidades, siempre es así, pero es más
sobre todo cuando no hay guión y tenés mucho
material. Así que el proceso de montaje lo
recuerdo como una cosa placentera, no como una
tortura en la pensaba que no iba a llegar a nada
o que no iba a encontrar jamás la forma. Yo
compaginaba y no sabía ni como terminaba la
película. En realidad supe como terminaba el
día que filmamos la toma.
P: ¿Cómo llegaste a filmar ese
largo plano secuencia que cierra la película?
R: El final no se filmó para final, sino porque
a mí se me ocurrió. Porque Moni era fanática
de Rodrigo y después de la muerte de Rodrigo, un
día me pareció que sería muy interesante ir al
santuario que espontáneamente se armó en el
lugar donde murió. Entonces la llamé, le
propuse si quería ir y me dijo que sí. Fuimos
al santuario en una camioneta que alquilamos y,
como estaban construyendo un acceso pavimentado
para entrar, estaba todo lleno de canas y
cercado. Entonces con cualquier vehículo podías
parar a diez cuadras y al santuario tenías que
llegar caminando. Así que nos bajamos ahí y
empezamos caminar. Y cuando yo la vi a la nena
caminando, que para colmo había ido con esa
campera negra, cuando vi esa imagen me pareció
hermosa. Entonces le dije a Willi: 'Filmala,
seguila.' Y Willi hizo esa toma maravillosa,
hasta que ella llegó al lugar giró como gira y
entramos al santuario. Apagamos la cámara, ella
se fue por un lado nosotros por otro, hizo su
duelo, sola y después de dos horas vino, se
acercó y me preguntó qué íbamos a hacer. Y yo
le dije: 'No sé, si querés hacemos algo,
mirando.' Y la filmamos a ella mirando. También
filmamos cosas del santuario, pero después de
eso, de la caminata, a mí no me interesó nada
más.
Ficha Técnica:
Dirección y montaje: Ana
Poliak.
Guión: Ana Poliak, Willi Behnisch.
Imagen: Willi Behnisch.
Diseño de sonido: Luis Corazza.
Intérpretes: Jorge Prado (Danilo), Mónica Donay
(Anna), Alejandro Alvarez, Luis
Morazzoni.
Producción: Viada Producciones s.r.l., Hubert
Bals Fund Rotterdam.
Año de realización: 2000/ 2001.
Fecha y lugar de estreno: 6 de diciembre de 2001,
Cine Libertador de Casilda (pcia. de Santa Fe).
Duración: 85'.
Formato: Video Digital (DV-Cam)/ Tape to film a
35 mm.
País de origen: Argentina.
Premios: Mención Especial del jurado de la
FIPRESCI (Festival Internacional de Buenos
Aires);
Premio Glauber Rocha a la mejor película de
América Latina, Asia y África (Festival de
Figueira da Foz, Portugal)
* Entrevista realizada el Jueves 12 de
Septiembre de 2002 por Mariana Astutti,
Lorena Moriconi y Pablo Piedras
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