Todos
somos Malkovich. El viaje más audaz del
otro Spike
por Julián Carando |
¿Quieres ser John Malkovich?
(Being John Malkovich,
Estados Unidos, 1999)
Dirección: Spike Jonze.
Una campaña publicitaria prácticamente nula, un
director para muchos desconocido, una historia
que suena a delirio lisérgico: una película que
parece destinada al recurrente rótulo de
"film de culto". El estreno de Being
John Malkovich en nuestro país resultaba algo
impensado. Sin embargo algún distribuidor
iluminado dio el paso y la esperada ópera prima
del excéntrico Spike Jonze aterrizó en los
cines, casi milagrosamente. Nuestra maltratada
cartelera gozó del privilegio de contar con un
film único; con una película que más allá de
gustos y preferencias no es similar a nada que se
haya visto antes. Hollywood se permite un respiro
y extrañamente corre riesgos.
En un principio, el videoclip
Género menor y bastardeado -en la
mayoría de los casos con justicia- el clip
aparece en la industria discográfica como un
elemento más de una rigurosa cadena de consumo,
ocupando el eslabón intermedio entre el
lanzamiento del disco y la gira de presentación
de los grupos y/o solistas de turno. Esta urgente
necesidad comercial produce en muchas ocasiones
una cierta sequía imaginativa en pos de un
urgente suceso en el mercado. Pero en algunos
casos dicho suceso viene acompañado de una
vuelta de tuerca en cuanto a la realización y el
manejo del lenguaje audiovisual. Spike Jonze ha
sido en su labor como videasta un claro exponente
en lo que refiere a esto último. En todos sus
trabajos (junto a Bjork, Beastie Boys, Chemical
Brothers y Fatboy Slim, entre muchos otros) se
aprecia un notable manejo de dicho lenguaje. Los
clips de Jonze (Adam Spiegel, tal su verdadero
nombre) no caen en los clichés reduccionistas
del exhibicionismo egocéntrico de las estrellas
de rock, sino que continuamente intentan ir un
pequeño paso más allá, poseen una estructura
definida en sí mismos. Es decir: conforman una
elaboración concreta, representan un relato
musical. Y que Jonze se haya destacado como el
videasta más talentoso de la década pasada no
es un dato menor si pretendemos entender de
dónde es que proviene una película como Being
John Malkovich. No hace falta más que observar
pequeñas perlas del videoclip como Sabotage
(Beastie Boys, 1994), una notable
parodia-homenaje a las viejas series policiales
de la década del setenta, en donde los mismos
músicos interpretan varios roles a la vez. El
resultado sorprende desde la reconstrucción del
cliché narrativo-evocativo, y evidentemente
funciona. Otros ejemplos: Bjork convertida en
estrella de comedia musical (años antes de la
galardonada Dancer in the Dark de Lars Von
Trier), entonando It´s so quiet (1995) rodeada
de bailarines y elevándose por los aires. Weezer
recreando la serie Happy Days, interpretando
Buddy Holly (1994) en el bar de Al. Sofia Coppola
(hija de Francis y actual mujer de Jonze)
convertida en gimnasta amateur en el sorprendente
Elektrobank (Chemical Brothers, 1997). O el mismo
Jonze liderando una logia de desquiciados
danzantes en la puerta de un cine de shopping, en
medio de la incredulidad del público que hace la
cola. Estética Hi-8, minimalismo, espontaneidad,
absurdo (Praise you, Fatboy Slim, 1998).
Búsquedas formales en un medio que parecía
agotarse cada vez más. Muchos de los atentos
seguidores de su trabajo ya se preguntaban por
una película que, debido a la amplia y notable
trayectoria de Jonze dentro de la industria del
clip, debía caerse de madura. Se rumoreaba que
John Malkovich participaría haciendo de sí
mismo, se hablaba de un túnel que conducía a su
cerebro, de John Cusack interpretando un
titiritero incomprendido, de una Cameron Díaz
luciendo una más que inverosímil fealdad.
Condimentos para lo que vendría.
La lógica de una historia ilógica
Cuando se habla en términos de
vanguardia o específicamente "escritura
automática" a menudo desde la lógica
narrativa canónica se supone una cierta
inconexión de contenidos, de coherencia lineal.
Es decir que el relato no aparece en la
concepción clásica aristotélica de
introducción - nudo - desenlace. Y ante la
ausencia de esta formalidad tradicional se
acostumbra caer en facilismos de interpretación
simbólica que reducen la obra del autor a
mecanismos delirantes sin un trasfondo
estructural concreto. Aun hoy se intenta
desentrañar el por qué de cada una de las
imágenes de películas como Un Perro Andaluz
(Luis Buñuel, 1928), por ejemplo. O más aquí
en el tiempo, de las incontables imágenes
metafóricas en una obra como la de Krysztof
Kieslovsky. Este tipo de films, que si bien
poseen una estructuración desde lo narrativo, no
se encuentran dentro de los márgenes del relato
más corriente, y suelen generar interpretaciones
de todo tipo: abordajes desde los datos
biográficos del autor, desde el psicoanálisis,
desde aproximaciones simbólico - filosóficas,
etc. Pero por lo general se corre el riesgo de
caer en reduccionismos, muchas veces centrando al
autor en el rídiculo espacio de la crítica
forzada y pseudointelectual. Si bien en cine todo
lo que aparece en cuadro tiene un justificativo
puntual y específico (aun en este tipo de films,
como hemos dicho, la estructura existe siempre),
estos forzados razonamientos operan como
insalvables obstáculos a la hora del análisis.
Al ver por primera vez la película de Spike
Jonze esta cuestión del aparente sinsentido como
un simple elemento cómico puede surgir y ocultar
un tanto el complejo tejido temático que
conforma la película. Sin embargo los elementos
que componen la historia se van superponiendo
unos a otros vertiginosamente para redondear un
círculo lógico que se completa siempre. Cada
uno de los sucesos tiene su correlativa
resolución en los minutos subsiguientes. La
historia, dentro de su registro fantástico,
mantiene siempre una coherencia narrativa en lo
que refiere a los acontecimientos y sucesos que
la conforman.
En principio puede resultar un tanto complicado.
Sólo por citar algunos de los tantos sucesos que
transcurren durante el film: un piso de oficinas
siete y medio en donde todos los empleados deben
caminar agachados; un jefe sexópata de 105 años
de edad; el notable flashback de un chimpancé;
un misterioso, sórdido y fangoso túnel que
conduce directamente al cerebro de John Malkovich
(destacadísima actuación, haciendo de sí
mismo). Obviamente no son lo que se dice
situaciones realistas, sin embargo el verosímil
de la historia no se quiebra nunca. Y por otro
lado, en cuanto a lo formal, se aprecia una
completa ausencia del vértigo del videoclip, lo
cual resalta una vez más la capacidad de Jonze
dentro de la cuestión de manejo del lenguaje.
Charlie Kaufman (guionista) ha dicho que trabajó
junto a Jonze desarrollando el método de
"escritura automática" partiendo de un
tratamiento de historia ya pautado, lo que hace
aun más atractiva la estructura dramática de la
película después de haberla visto. Y resulta
interesante -más que sorprendente- el hecho de
que dentro de la industria hollywoodense de hoy
en día al menos alguien pueda darse el lujo de
escribir de esta manera. No es algo común que en
un mercado como el norteamericano -rígido,
selectivo, que debe siempre priorizar el éxito
de taquilla- se le de cabida al riesgo creativo.
Porque Being John Malkovich es, ante todo,
riesgo.
Sin embargo esto no quiere decir que Kaufman y
Jonze sean dos temerarios que de buenas a
primeras deciden jugarse su futuro dentro de la
industria con una película imposible. La
historia de Being John Malkovich encierra más de
una cuestión temática que parece ocultarse
detrás del visible aspecto delirante del film.
De ahí que el riesgo sea mayor: el intento de
adentrarse en ciertos temas desde el absurdo más
extremo.
El significado de la fama y el estrellato (John
Malkovich y el estereotipo del star llevado al
extremo) aparece notablemente trabajado como un
ideal inalcanzable para "la gente
común". La despersonalización como
producto del fracaso dentro de una esquematizada
estructura social. El paso del tiempo; la vejez;
la idea de la muerte; el deseo y la sexualidad;
las ansias de poder. Puede resultar extraño,
pero estos son los pilares temáticos en los
cuales se basa la historia. Cuestiones que
parecen casi filosóficas, pero que dentro de una
comedia tan distinta subyacen bajo lo más
visible: lo anecdótico, ese misterioso túnel
que permite ser otra persona al menos por un rato
y que le permite a Craig Schwartz (Cusack)
descubrir el mundo de reconocimiento y esplendor
que jamás lograría encontrar siendo titiritero.
Esto último es fundamental, y aparece en la
película como disparador temático de la
posterior catarata de sucesos. La profesión o
labor del personaje de Cusack resulta más que
importante en relación con la construcción del
mismo. Schwartz encuentra en sus títeres la
posibilidad de ubicarse en mundos ajenos, de
sentirse en la piel del otro, de soñar con la
posibilidad de escapar aunque sea un instante de
su propia subjetividad. Y este es el eje que hace
girar la rueda de la película.
Que la película no haya recibido ningún Oscar
no hace más que resaltar el cinismo de la
Academia al nominarla y premiar películas
políticamente correctas como American Beauty
(Sam Mendes, 1999). Quizás éste sea sólo un
dato si se tiene en cuenta que films como
Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) ni siquiera
han sido tenidos en cuenta a la hora de los
premios. Lo que resulta excitante y genera
expectativas es que Jonze se haya ganado -a
fuerza de talento y creatividad- un lugar dentro
de la industria (de hecho ya se habla de un
segundo largometraje). Lo que no es poco para los
que todavía creen que otro cine es posible
dentro de un sistema que cada vez deja menos
espacio para la capacidad de asombro.
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