Escombros
de la memoria
por Pablo Piedras |
La fé del volcán
Argentina, 2001
Dirección: Ana Poliak
La
fé del volcán, segundo largometraje de Ana
Poliak, es uno de los tantos films argentinos que
pese a haber tenido éxito en los festivales de
cine aun no pueden obtener un razonable estreno
comercial en la Argentina. Una película que
explora las huellas dejadas por la dictadura
militar desde un lugar distinto.
Ana
Poliak retorna con su segundo largometraje
después de diez años. La fé del volcán
comenzó a filmarse en el año 2000 y se
finalizó a principios del 2001. Su primer
trabajo había sido ¡Qué vivan los crotos!
(1990), un documental que utilizaba recursos de
ficción para contar la vida de José Américo
Ghezzi (alias Bepo). Realizado en 16 mm y más
tarde transferido a 35 mm para poder proyectarse
en salas comerciales y festivales, éste
documental tuvo buena recepción crítica pero
poca afluencia de público. Fue proyectado sólo
en una sala. Bepo Ghezzi es un linyera retirado
que ya no recorre el país; un auto-excluido de
la sociedad que se mantiene al margen por
decisión propia. A pesar de que su iniciativa de
salir a crotiar es diferente a la
decisión de asentarse tomada por sus amigos de
juventud, son ellos quienes toman la voz y nos
cuentan gran parte de las andanzas de Bepo. ¡Qué
vivan los crotos! es ante todo un film
sincero. Conmueve dejando de lado el
pintoresquismo que suele añadirle el cine
argentino a los personajes marginales. Es
también la historia de un país que ya no
existe, un territorio posible de recorrer hasta
para un croto en aquellos tiempos en que las
vías aun eran surcadas por trenes y el
ferrocarril cubría gran parte del territorio.En
cierta forma era un país que se encontraba al
alcance.
La
fé del volcán está centrada en la historia
de Anna y Danilo. Él es un afilador en bicicleta
unos cuarenta años. Ella es una niña - mujer de
unos catorce años que llega a la ciudad cada
día para trabajar como ayudante de peluquera. No
sabemos mucho más de Anna, pero presumimos que
no tiene familia. Ambos están excluidos de la
vida social, sólo mantienen un extraño
vínculo. La película narra la historia de sus
encuentros.
Los
personajes transitan por una Buenos Aires
desintegrada, pesada, sin nada que permita
vislumbrar aunque sea una sola ilusión de
felicidad. Es una ciudad escindida de cualquier
tipo de encanto, las imágenes de Plaza Miserere
con sus predicadores y gente revolviendo la
basura forman parte de un paisaje urbano que día
a día parece naturalizarse ante la mirada del
hombre, de los seres grises que deambulan como
sonámbulos por las calles. Anna y Danilo
recorren esas calles pero no buscan nada, no hay
nada que buscar. Bepo (protagonista de ¡Qué
vivan los crotos!) salía en busca de la
libertad, Danilo no va a ninguna parte, según
él va allá. ¿Y dónde es allá?,
no sabe, pero él va allá. Danilo expresa este
sentimiento en una excelente frase, dice estar
hace tiempo pedaleando siempre en el mismo
lugar, creando un paralelo con su oficio de
afilador. Pero el relato posee una introducción.
Vemos el rostro de una mujer que se recorta sobre
la luz que penetra por una ventana. Vemos desde
la ventana de un tren empañada por la lluvia
paisajes que no llegamos a reconocer, mientras
fuera de campo una madre charla con su hija sobre
su intento de suicidio cuando era adolescente.
Vemos a la misma mujer de la ventana pidiendo
infructuosamente que la dejen entrar a su casa de
la infancia. También la vemos pasando las
páginas de un libro troquelado para niños,
mientras su voz en off relata que cuando
ella iba a la escuela su maestra estaba siendo
torturada. Esta introducción, que a primera
vista resulta inconexa con el resto del relato,
es el disparador que abre el camino hacia la
historia de Anna y Danilo. Al comienzo de la
película la misma mujer comenta estar en un piso
muy alto a punto de saltar, la pregunta es:
¿hacia afuera o hacia adentro? Según parece, la
elección ha sido hacia adentro. Quizás
podríamos pensar el film como ese salto hacia
adentro, hacia los abismos más oscuros: los de
la memoria y los recuerdos.
Entre
los recuerdos, el eje principal que asoma es la
memoria del Proceso. No podemos
afirmar que nos encontramos frente a una
película que trata sobre la dictadura militar de
1976, pero alude constantemente a ella, cómo
herida abierta que no deja de revelarse aunque
muchos traten de olvidarla y de enterrarla en la
memoria. Determinante para entender el país en
el cual vivimos, para comprender a Danilo y a
Anna (aunque la influencia sobre ella no sea
directa). Danilo es un personaje complejo. Le
cuenta a Anna que su padre ha sido un torturador
y que su hermano (al que hace mucho no ve) era un
soplón de su padre. En el transcurso de la
historia sospecharemos que ese hermano nunca ha
existido y que ese fantasma ha sido creado como
una farsa que él mismo ha inventado para evadir
la culpa que le produce esa otra parte de su
personalidad, que aunque haya quedado en el
pasado, está aún latente. La amistad con Anna
se plantea como una alternativa para exorcizar
esas imágenes de horror que vuelven sin cesar
deformando su rostro. En una escena terrible,
Danilo hace bajar a Anna de la bicicleta porque
ya no soporta sus preguntas, los recuerdos lo
atrapan, acelera el ritmo de pedaleo y comienza a
gritar hasta que su voz se convierte en alarido.
Son gritos desgarrados que manifiestan un
profundo dolor y la impotencia de no saber como
seguir viviendo con su pasado a cuestas.
Ana
Poliak persigue impasiblemente a sus criaturas
por la ciudad de Buenos Aires íntegramente con
cámara en mano. Utiliza muy pocos primeros
planos. Los encuadres en su concepción carecen
de estabilidad, el desequilibrio es semejante al
estado de ánimo de Danilo. El movimiento
constante de la cámara es el mismo que
caracteriza a la ajetreada ciudad. A pesar de
haber sido filmada en Digital (formato inferior
en calidad al fílmico) la fotografía está muy
bien trabajada y es excelente la utilización que
se hace del montaje. Sin relación explícita con
la historia surgen intermitentemente distintos
planos: la sombra de un niño jugando en las
orillas del río, un helicóptero aterrizando
frente a la Facultad de Medicina o una racia
policial. El recurso de intercalar estas escenas
autónomas produce una sensación de
extrañamiento, generando además tensión con un
relato que por momentos roza el más crudo de los
realismos. Asimismo, el trabajo con el sonido es
interesante: todos los diálogos se entienden
perfectamente (algo que no siempre sucede en el
cine argentino de bajo presupuesto), la
omnipresencia constante de los ruidos de la
ciudad ayudan a crear ese ambiente sonoro
insoportable que caracteriza a Buenos Aires.
Asimismo, se presentan efectos de sonido muy
logrados. Cuando Anna pasa su mano entre las
cadenitas que tiene colgadas un vendedor del Once
suena como si hubiese acariciado un montón de
campanillas de cristal.
El
film mantiene un ritmo pausado, los hechos se
suceden y parece que no vamos hacia ninguna
parte, el desenlace nunca resulta próximo. No
podemos hablar de evolución de la trama, ni de
acciones sustanciales. Ana Poliak cuida ante todo
los tiempos, los momentos, esos instantes donde
la cotidianeidad del encuentro de dos seres abre
ventanas desde las cuales se perciben restos de
una historia que hay que reconstruir y otra
historia que aun se está haciendo. Promediando
el relato, Anna emprende una interminable
caminata por los márgenes de la ruta. La cámara
la sigue incansablemente en un plano secuencia
larguísimo donde se respira más aire que en el
resto de la película. Anna camina y camina, no
llora ni sonríe, acaso volviendo a su casa a
píe por no tener dinero para el colectivo.
Mientras tanto en off resuena la voz de
Danilo, explicando en cierta manera algo de lo
que le sucede. Pero ella sigue caminando, como
aquel Antoine Doinel de Los 400 golpes
(Francois Truffaut, 1959) en su gigantesco
periplo buscando el mar. No sabemos hacia donde
se dirige Anna, pero va, va allá
como dictaba la voz de Danilo.
Al
día de la fecha, La fé del volcán es
uno de los tantos films argentinos que sólo
pudieron verse en el Festival de Cine de Mar del
Plata (2001), el Festival de Cine Independiente
de Buenos Aires (2001) y en otros festivales del
resto del mundo. El problema actual de muchos
cineastas argentinos, además de la difícil
empresa de costear la producción del film, es
que no tienen eco en los distribuidores locales
para lograr el estreno comercial. Debido a esto
se realizan estrenos muy pobres en publicidad y
cantidad de salas, razón por la cual disminuyen
sus posibilidades de atracción de público,
permaneciendo como máximo dos semanas en cartel.
La fé del volcán no es una película de
fácil visión pero es una alternativa
interesante ante el cine que podemos hallar en la
cartelera porteña. Obviamente, los encargados de
los circuitos de exhibición se encuentran con
una producción nacional que ha crecido
notablemente con respecto a la del año pasado.
Seleccionan el material a estrenar siguiendo los
dictados de los libros de markening. Los
parámetros que serán relevantes irán desde la
presencia de actores conocidos, la realización
de directores de renombre, a la realización de
subproductos televisivos. Evidentemente la
situación no cambiará de un día para el otro.
Está pendiente la generación de un verdadero
circuito alternativo que brinde un espacio a
éste tipo de obras, permitiendo que no queden
rápidamente relegadas al olvido, sin haber
tenido aunque sea, la posibilidad de un buen
estreno.
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