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El hijo de la novia: actualidad, emoción y risas en una comedia emotiva

por Laila Pollak


El hijo de la novia
Argentina, 2001
Dirección: Juan José Campanella



Llena de interesantes observaciones sobre los cambios y movimientos en la vida social, el comportamiento de los argentinos y la situación actual, El hijo de la novia equilibra las diferentes crisis de sus protagonistas con acertados toques de humor. Conocido en nuestro país desde El mismo amor, la misma lluvia (1999), Juan José Campanella se unió a Pol-ka, Patagonik Film Group, JEMPSA y Tornasol Films (de España), para rodar esta comedia emotiva. Con un guión compartido entre el director y Fernando Castets, se las ingenia para intercalar situaciones que llevan al espectador al borde del llanto con pequeños chistes, que no permiten soltar una lágrima.

La trama muestra la caída de Rafael Belvedere (Ricardo Darín); él vive obsesionado por su trabajo (es dueño de un restaurante), no atiende ni a su padre (Héctor Alterio) ni a su madre (Norma Aleandro), quien está internada en un geriátrico con mal de Alzheimer, y descuida la relación con su pequeña hija. Es divorciado y parece estar fracasando en su nueva relación con una chica mucho más joven que él. Para completar el panorama, su padre se acerca a pedirle ayuda para concretar el sueño nunca realizado de su madre: el casamiento religioso. También aparece un amigo de la infancia con una tragedia a cuestas. Todo este ajetreo, sumado al de los problemas financieros, termina con un paro cardíaco que le hace replantear su vida.

Este film, además de actual, es muy argentino. Esto se ve en lo reconocible de sus personajes, en la dificultad de poner los sentimientos en palabras, en la lucha por sobrevivir y sus no siempre fieles consecuencias, en ese humor burlón, en el clima del barrio, entre otras cosas. El contraste entre la generación de los padres de Rafael y la suya se hace evidente gracias a algunas escenas en tono color sepia. Se muestra la evolución del restaurante, que en un principio era atendido directamente por su madre, mientras que ahora el dueño, Rafael, sólo se ocupa de los temas económicos. Vemos cómo su madre, de pequeño, le preparaba la merienda cuando volvía de jugar. Luego lo vemos a Rafael, que ni siquiera puede llegar a buscar a su hija al colegio. Pero la diferencia más marcada y subrayada es la de la unión familiar o de pareja: el padre sigue enamorado de su esposa, ahora internada con una grave enfermedad, y quiere casarse nuevamente para reivindicar su amor. Rafael, en cambio, sale con una chica mucho menor que él, con la que no tiene intención de formalizar. Como contraposición a toda esta situación familiar, aparece la Iglesia que, en lugar de apoyar el casamiento de los ancianos, lo prohibe. En el tránsito hacia el grotesco, el párroco les quiere cobrar una cifra disparatada por el casamiento.

Juan Carlos, el amigo de la infancia, es el opuesto perfecto de Rafael. Tenía una familia como la de Rafael pero todos sus miembros murieron. Es actor, no tiene mucho trabajo, vive humildemente. Como a través de un espejo, Rafael puede ver en él todo lo que tiene y no aprecia. Desde su familia, su trabajo, hasta su novia, porque Juan Carlos le revela que se ha enamorado de ella. La escena en que le manifiesta su amor es bastante particular. Juan Carlos está trabajando de extra en una película que dirige Adrián Suar, con Alfredo Alcón como actor. Y Rafael y su amigo hacen otra escena muy graciosa detrás de Alcón. En ese momento, se concreta un juego muy particular que grafica la relación entre el director y el productor del film: Suar aparece en el rol de director de cine, y Campanella aparece en el rol de un médico. Uno es el que dirige (Suar), y el otro es que aporta los conocimientos, el profesionalismo y la capacidad (Campanella). Esto resulta interesante ya que hasta ahora las películas de Suar privilegiaban los efectos especiales mediocres y la venta de publicidad de manera subliminal. Campanella le dio a estas producciones un toque de distinción y calidad. Entre los elementos novedosos, el director utiliza recursos diferentes para mostrar el estado anímico de su protagonista: no se lo muestra llorando pero se lo muestra debajo de una lluvia torrencial esperando que su novia lo quiera nuevamente; para mostrar su momento de decadencia, el protagonista aparece traicionando a los suyos. Darín firma la venta de su restaurante aún sabiendo que despedirán a todos sus empleados. Además de ser este un rasgo del “argentino chanta”, expresa también la situación de caída en la que se encuentra Rafael. Para culminar su caída debe enfrentar un paro cardíaco.

Como ya se ha mencionado, las escenas cómicas contrarrestan las dolorosas: su primo que trabaja en el restaurante comete infinidad de torpezas; Rafael y Juan Carlos caminan por la calle agarrados como una pareja y sufren una agresión al mejor estilo homofóbico. Si bien esta es una de esas películas con final rosa, donde todo termina más que bien, no resulta molesto ni obvio en ningún momento. Pareciera ser un mensaje de optimismo para todos los argentinos en medio de una situación más que difícil: en cualquier coyuntura, si uno se encuentra bien emocionalmente, unido a sus seres queridos, se puede ser feliz a pesar de todo.




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