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El asadito: Una mirada sobre nosotros mismos

por Silvina Díaz


El asadito
Argentina, 1999
Dirección: Gustavo Postiglione


 

 


Un grupo de amigos se reúne a comer un asado para festejar el fin del año. El encuentro se prolonga hasta las últimas horas del día siguiente, en un debate que toca distintos temas: las mujeres, el fútbol, los autos, la amistad, el cine, tratados desde la sencillez de lo que habitualmente se llama “la filosofía del hombre de la calle.” Desde un comienzo se nos ubica, por medio de un subtitulado, en el tiempo y el espacio de la ficción: 30 de diciembre de 1999. Terraza del videoclub de Tito. Rosario, Argentina. 11.15 a.m. La marcación de los distintos momentos del día es una constante que divide al film en fragmentos, señalando - además del paso del tiempo - el aburrimiento, el hastío, la degradación, el vacío que caracteriza la vida de sus protagonistas. La acción se desarrolla en un espacio único, al cual accedemos por medio de un travelling que sigue al dueño de casa por un pasillo oscuro. Luego, mientras hacen su ingreso el resto de los personajes, un plano cenital de la terraza / patio recorta y señala el espacio, acentuando su condición de escenario. A partir de estas marcaciones y de las tomas y angulaciones no tradicionales se hace evidente, ya desde un principio, la voluntad del film de definirse como escritura, como hecho ficcional, el deseo de marcar un distanciamiento. Por otro lado, sin embargo, todos los elementos de la representación buscan producir un efecto de verosimilitud y apelan a la identificación del espectador con personajes, discursos y ambientes fácilmente reconocibles. En este sentido debemos hablar de un plano costumbrista, en tanto se construye un universo en el ámbito de lo cotidiano teniendo como referencia inmediata a la clase media, en este caso de una provincia argentina. Son personajes que se mueven en espacios que les son propios y, de acuerdo con ellos, establecen los roles que les asigna la sociedad (España, 1994: 139). Este contrapunto entre realismo y búsqueda de verosimilitud por un lado y distanciamiento por el otro – determinado, este último, por procedimientos estéticos - es uno de los aspectos más interesantes del film. Entre los elementos formales que crean un efecto de extañamiento debemos destacar el trabajo de planificación y los movimientos de cámara que, en todo momento, evidencian su escritura y subrayan su presencia. Predominan los planos con cámara en mano: travellings y panorámicas que atraviesan el espacio y lo recorren en toda su extensión. Sin embargo, en los momentos más patéticos la cámara permanece fija como si, repentinamente, asumiera el rol de un observador, de un testigo que no está dispuesto a intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Las angulaciones poco tradicionales y los planos que, a la manera de Antonioni (1), recortan al personaje o lo dejan completamente fuera de encuadre, marcan la artificiosidad y determinan la separación entre la historia y el modo de narrar, es decir, la instancia del relato.

El lugar donde han elegido reunirse los amigos es un espacio abierto (una terraza con la ciudad como marco escenográfico) que produce, paradójicamente, un efecto claustrofóbico, debido sin duda al peso que adquieren los personajes (sus angustias, su agobio, su tedio) en la representación. Es el intento de fabricar un refugio, con la demarcación de límites precisos: un lugar que los proteja del posible “fin del mundo” relacionado con el final del milenio al que se refieren constantemente los protagonistas. Pero también de la sociedad que los sofoca, amenaza su integridad, los frustra. La importancia de los personajes dentro de la estructura dramática y de la puesta en escena cobra aún más fuerza debido a la unidad espacial, un espacio que se muestra totalmente desbordado y parece no poder contenerlos. Se trata de personajes medios, que llevan una vida mediocre, seres absolutamente marcados por los comportamientos socio - culturales que no pueden, no saben y, en algunos casos, no quieren huir del determinismo social, y que dejan entrever (por sus actitudes: su conformismo, se escepticismo y su pesimismo) la agobiante sensación de crisis social y económica de nuestro país, pero también la decadencia de valores de nuestra época y la crisis de identidad, la angustia y las dudas que esta situación provoca. Es este mismo pesimismo y esta resignación lo que les impide transgredir los roles que les han sido asignados. Nadie se atreve a quebrar el orden establecido, porque cualquier intento de reacomodamiento significaría entrar en crisis, provocar un cambio que implicaría la necesidad de comenzar una nueva vida, con nuevos proyectos y objetivos, algo que los personajes no están dispuestos a hacer. Los únicos dos actos que aparecen como transgresores son el intento desesperado de suicidio de uno de ellos y la tentativa del publicista de “hacer carrera” en la gran ciudad. Por supuesto que ambos fracasan, aún en su rebeldía. Tal como los personajes del realismo reflexivo argentino del teatro del ‘60, son individuos imposibilitados de ver más allá de sus pequeños mundos cotidianos, que no tienen más horizontes ni más ambiciones que permanecer donde están: en el cómodo refugio de la vida burguesa -reducida, hoy en día, a una clase media cada vez más empobrecida y vacía de valores -que, si bien no da grandes satisfacciones, al menos asegura la supervivencia. Y aquí la profunda crítica que el film formula, no ya sólo a la sociedad, sino también a una clase media aletargada incapaz de producir algún cambio. Se destaca, además, la hipocresía de este sector social, dejando en evidencia la enorme distancia que lo separa de los valores que había considerado sagrados en otros tiempos: el matrimonio, la familia, la amistad.

En el nivel formal, el film deconstruye varios tópicos del cine clásico. Mencionemos en primer lugar, la idea de personaje- héroe ya que, como decíamos anteriormente, el film pone en escena antihéroes (
2), seres incapaces de accionar y de tomar iniciativas. Frente a la caída de las grandes ideologías, el personaje heroico es desarticulado, convertido en un individuo más humanizado y contradictorio, que aparece integrado en una historia y en una sociedad que lo determinan fuertemente. Se realiza, además, una desacralización de la idea de actor- estrella, uno de los pilares sobre los que se asienta el cine industrial, aún en la Argentina. Esto también puede decirse con respecto al método de trabajo, porque los protagonistas de El asadito han construido sus personajes -según contara el propio director– a partir de ciertas ideas pautadas, sin basarse totalmente en la improvisación, pero tampoco ajustándose a un guión rígido. Con respecto a la estructura, no se trata de una organización clásica del relato en un in-crescendo dramático, sino que van ocurriendo situaciones que se abren y se cierran y que, según el procedimiento de la trivialidad deliberada (Pellettieri, 1997:121) se caracterizan por una aparente banalidad. Los personajes no crecen dramáticamente y sólo en algunas escenas se llega a una tensión que implica la re- significación de toda la historia. En esos instantes de clímax comprendemos que, detrás de los temas aparentemente frívolos, de lo que se está hablando en realidad es de la desilusión que provoca la renuncia constante a las ambiciones, a los sueños y a las utopías. La noción de género aparece también cuestionada. En este sentido, el film comienza en un tono de comedia ligera y, poco a poco, va produciendo un viraje que trastoca las reglas de la comedia; primero hacia la comedia negra con elementos grotescos - en tanto plantea una visión descarnada y pesimista de la existencia- y luego hacia el drama. El momento más dramático es, sin duda, la escena en que uno de ellos, mezclando la ficción con la realidad, deja de jugar al héroe cinematográfico, toma un revólver y, ante el asombro de sus amigos, intenta suicidarse. Esta introducción de lo siniestro en el ámbito de lo cotidiano (acentuado por el efecto de lo inesperado) se presenta como la cara oscura de la fiesta, el reverso de la frivolidad y la alegría de la reunión de amigos, dejando en evidencia el corrimiento en el tono del relato. El film concluye con otro momento dramático: la confesión, por parte de uno de los invitados, de la profunda frustración que ha sentido siempre por el casamiento de la única mujer que había amado en su vida con Tito, el anfitrión. Cuando, por esta misma confesión, Tito descubre que su esposa y su amigo lo han traicionado, solo atina a decir algo que podría funcionar como síntesis de la ideología de todos los personajes, de su conformismo y resignación: “Igual a la mañana se despierta conmigo, y eso es lo que importa. Son cosas sencillas las que me gustan a mí: los regalos de cumpleaños, una caricia. ¿Qué más puedo pedir?”.

Resulta imposible no pensar en los niveles de intertextualidad de El asadito con tres grandes obras: El ángel exterminador, de Luis Buñuel (1962), La terraza de Leopoldo Torre Nilsson (1962) y La gran comilona, del realizador italiano Marco Ferreri (1973). En dichos films, así como también en el que nos ocupa, los personajes asisten a una reunión en un espacio acotado que resulta sofocante y van sufriendo un proceso de degradación progresiva que culmina con la caída de la máscara de lo cotidiano. Es un camino hacia la violencia y, por lo mismo, hacia la catarsis, hacia la liberación de esa violencia, momento en el cual los personajes se muestran tal cual son, dejando en evidencia el lado más oscuro y terrible de cada uno y enfrentándose con la propia verdad y con los otros. En el film de Torre Nilsson, los personajes también pertenecen a la clase media argentina -en este caso del mismo sector social que criticaba el teatro realista de los ’60- incapaz de proponer alternativas al determinismo social. En cuanto a La gran comilona, puede decirse que en este film se lleva hasta las últimas consecuencias lo que en El asadito aparece apenas planteado; los elementos grotescos y trágicos tiñen completamente la trama, el exceso y el desborde atraviesan y caracterizan a todos los elementos dramáticos. Y es ese mismo exceso el que, en el nivel de la historia, lleva a los protagonistas a un suicidio colectivo.

Si bien las películas anteriores de Postiglione –De regreso. El país dormido (1989) y Camino a Santa Fe (1994)- son completamente diferentes a El asadito se trata, en todos los casos, de trabajos de muy bajo presupuesto, producciones independientes hechas por fuera del sistema del cine comercial. Por otro lado es necesario destacar que desde su ópera prima, se vislumbra el deseo del director de experimentar con el lenguaje cinematográfico y de encontrar un estilo propio. Búsqueda que, sin duda, logra un excelente resultado en El asadito, en el cual queda plasmada una concepción fílmica y un particular modo de ver y entender la realidad..

Bibliografía

España, Claudio, Cine argentino en democracia (1983-1993). Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes: 1994.

Pavis, Patrice, Diccionario de teatro. Dramaturgia, estética, semiología. Paidós: Buenos Aires, 1980.

Pellettieri, Osvaldo, Una historia interrumpida. Teatro Argentino Moderno (1949-1976). Galerna, Buenos Aires: 1997.


1 En los films de Antonioni la cámara es, por momentos, independiente de la diégesis y del punto de vista de los personajes. Éstos son percibidos de manera aparentemente accidental y contingente, presionados hacia el borde del cuadro o con parte de sus cuerpos fuera de campo. Pascual Bonitzer llama “fascinación del azar” a esta propiedad de la cámara en las películas de Antonioni de “contar su propia historia.”(Cahiers du cinèma, nº262-263, 1976:98)

2 El antihéroe es una figura que hizo su aparición a finales del siglo XIX  y que caracteriza al teatro contemporáneo. Se define como oposición contraria y grotesca del héroe. (Pavis, 1980:255).





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