Estética y
Política.
El compromiso del artista
de los '60 a los '90
por Edgardo Gutiérrez
El alistamiento en las filas
de los movimientos revolucionarios de una gran
cantidad de intelectuales, escritores y artistas
sensibles a las injusticias sociales fue, como es
sabido, una de las características de la vida
política en los años sesenta. Impulsados por la
necesidad de una perentoria transformación de la
sociedad que perpetuaba las desigualdades, y
guiados por el viejo principio iluminista,
retomado por la izquierda, según el cual los
intelectuales son la vanguardia de la historia,
muchos hombres de letras y artistas de entonces
decidieron tomar parte en la lucha política
contra el sistema. En ese contexto algunas
teorías estéticas comenzaron a defender una
fuerte convicción con rasgos de imperativo
moral: los artistas comprometidos debían
constituirse, a través de su propio quehacer
específico, en vanguardia política de las
masas. Para avalar esa convicción los marxistas
de esos años solían apelar a un prestigioso
antecedente estético-político: la teoría y
práctica brechtiana sobre el teatro.
En
efecto, prefigurado en la obra teatral de su
maestro Piscator, que había tenido la audacia de
llevar la política a escena, el teatro épico de
Brecht fue el producto mediante el cual, a partir
de mediados de la década del veinte, el poeta
alemán comenzó a concretar uno de los más
ambiciosos programas estéticos del siglo XX: el
de aunar arte y praxis social. Brecht se
proponía, mediante ese producto, ofrecer al
proletariado un arte de masas útil para la toma
de conciencia de la existencia de desigualdades
materiales entre los hombres, que permitiera el
desenmascaramiento de la falsa ideología de la
clase dominante.
Así cumplía, a través de su praxis estética,
con el célebre postulado enunciado por Marx en
aquella conocida tesis sobre Feuerbach:
hasta ahora no se ha hecho más que
interpretar de diversos modos el mundo, pero de
lo que se trata es de transformarlo.
Acaso la más acabada ilustración de ese tipo de
teatro didáctico dirigido a los trabajadores
haya sido La madre, la obra inspirada en la
novela de Gorki, que había sido llevada algunos
años antes al cine por Pudovkin. Estrenada en
Berlín, hacia 1932, muy poco tiempo antes de la
toma del poder por los nazis, La madre fue
concebida como una imperiosa lección
revolucionaria, por lo que puede ser
razonablemente considerada entre las obras
ejemplares de arte comprometido. Pelagueia
Vlasova, la protagonista del drama, que en un
principio desaprueba el compromiso político de
su hijo, siguiendo los dictados de los intereses
personales afectivos que la instan a proteger a
la familia, poco a poco va tomando conciencia de
las injusticias y deviene, con el desarrollo de
los acontecimientos, en una revolucionaria. En
ella vencen, al final de la obra, las fuerzas
tendientes hacia los intereses generales de
solidaridad hacia los demás hombres. La mujer
simple y ajena a la política que había sido se
convierte en abanderada de la revolución,
marchando codo a codo con los trabajadores en
huelga y los marineros amotinados, para
continuar, con el corazón anegado de pena pero a
la vez endurecido, la tarea del hijo muerto en la
lucha.
Con la creación de ese teatro instructivo, de
ese arma para la acción revolucionaria, Brecht
estaba postulando que el arte por el arte no
existe, que el arte carece de autonomía. Su
concepción de lo que tenía que ser el teatro lo
enfrentaba al teatro burgués, que bebe en la
fuente de la poética aristotélica el
narcotizante principio de identificación entre
espectador y héroe, fundamento del efecto
catártico de la representación teatral. A esa
compasiva estética del llanto y los pañuelos, a
esa coartada piadosa, que deja al público triste
y lloroso en la butaca, con el lamento impotente
o, como diría Hegel, con la vacía quietud
de la rendición a la necesidad, Brecht
opuso un principio del trabajo escénico cuyas
fuentes se pueden encontrar en la Paradoja del
comediante de Diderot, en la dialéctica, en el
teatro chino y en los espectáculos de circo: el
efecto de distanciamiento, que permite el momento
de reflexión de la conciencia que se objetiva a
sí misma. La estética defensora de la
sensibilidad objetó ese carácter objetivo y
científico que el efecto de distanciamiento le
otorgaba a las piezas teatrales, esgrimiendo que
con ese recurso se teñía al espectáculo de una
atmósfera fría y racional que finalmente se
transmitía a los espectadores. Brecht replicó,
ofreciendo como prueba los ejemplos de Delacroix
y de Lenin, que en un hombre de fría cabeza
puede latir un corazón caliente.
En una conferencia pronunciada en La Sorbona a
fines del mes de marzo de 1960, en la alborada de
esa década de mística militante, Sartre
discutió la estética desarrollada por el
dramaturgo alemán, que planteaba el problema del
compromiso político del artista. Sartre se
hizo eco allí de estas teorías estéticas, pero
intentó dotarlas del acervo fenomenológico del
que él mismo era uno de sus principales voceros.
¿Qué se representa en una pieza teatral? Sartre
dice: se representa el acto. En teatro no
hay más imagen que la del acto, y si uno quiere
saber qué es el teatro, hay que preguntarse qué
es un acto, porque el teatro representa un acto y
no puede representar ninguna otra cosa.
Si somos rigurosos hay que recordar que esta idea
ya estaba presente en Aristóteles, porque en la
Poética, el estagirita definía a la tragedia
como una mímesis de la acción. Pero cuál es la
crítica que formula Sartre al teatro que se
representa en los escenarios. Pues bien, el
teatro vigente es teatro burgués que sólo
quiere una acción dramática que sea la
acción del autor que traza los
acontecimientos. La burguesía quiere que
en el teatro se represente su imagen, pero no
quiere en absoluto que esa imagen se represente a
la vez como imagen. La subjetividad del teatro
burgués está dada no porque el espectador
asista a lo que ocurre en la mente de los
personajes; está dada porque la burguesía
pretende poner en el escenario una imagen del
hombre que responda a su propia ideología. Pero,
a la vez, exige la participación y, por tanto,
rechaza la posibilidad de que su mundo sea visto
críticamente y puesto en tela de juicio. Por eso
se puede comprender la búsqueda de Brecht que
consistía en mostrar, explicar y provocar el
razonamiento en lugar de la participación.
Definir al teatro a partir del acto, del actuar,
significaba para Sartre, como había significado
antes para Brecht, que el teatro tiene una
función política. Actuar es cambiar el mundo.
La burguesía, observaba el filósofo francés,
ha cambiado el mundo profundamente, sólo que
ahora ya no tiene interés en que se sigan
produciendo cambios. Y para conservar lo que
tiene, la burguesía le pide al teatro que no la
inquiete. En el teatro burgués las situaciones
de cambio representan meramente un malestar
rápido entre dos momentos de calma. La
calma del momento que precede al levantamiento
del telón se recupera en el último acto, antes
de bajarlo. Sartre daba un ilustrativo ejemplo.
En una pieza inglesa se presenta a un lord
desembarcando con toda su familia en una isla
desierta, después de un naufragio. Con ellos hay
un valet. Este, desde luego, es el que se encarga
de buscar la leña para el fuego, de pescar, etc.
Una de las nietas del lord se siente atraída por
el valet. Pero al cabo de seis meses llega un
barco. El barco rescata a la familia y las cosas
recuperan su estado natural. El lord vuelve a ser
el lord y el valet a ser el valet.
Lo que pide Sartre es que se vea en el escenario
la exposición de una acción o la dramatización
de una acción en la que están involucradas
personas que quieren algo y tratan de
conseguirlo. Es decir, un teatro finalista, un
tipo de teatro que no explique por las causas
sino por los fines de los protagonistas. El autor
de La nausea extendía la crítica incluso al
teatro expresionista, pues éste, no obstante
haber captado acertadamente el drama como una
acción contradictoria, como un conflicto, era
también una manifestación de teatro burgués.
El expresionismo, decía Sartre, no dispone de
los medios para comprender que los conflictos
particulares traen implícitamente consigo a toda
la sociedad. El teatro expresionista carece de
los instrumentos ideológicos para comprender
esta verdad y por eso se hunde en ese
pesimismo que muestra al hombre enfrentado al
mundo. En ese teatro la lucha entre el
hombre y el mundo tiene un final desalentador: el
mundo se devora al hombre.
Cuando Sartre dice esto no está pensando en el
expresionismo de principios de siglo, del que
dicho sea de paso el joven Brecht había formado
parte, sino en el teatro que se exhibía en la
Francia de los años cincuenta, como el de
Beckett y el de Ionesco. Algunas de esas piezas
eran, en su criterio, pesimistas en el peor de
los sentidos de la palabra. Esperando a Godot,
por ejemplo. Esa obra, dice, complace a los
burgueses, porque la espera de Godot es inútil.
Godot, no se sabe muy bien por qué, no llega
nunca. Y poco importa si es un descanso, un
aumento de sueldo o dios.
Lo mismo dice de Rinoceronte, de Ionesco,
estrenada en 1959. No queda claro qué es
volverse un rinoceronte. Puede ser que signifique
convertirse en fascista, pero también en
comunista o en los dos. Como el público burgués
queda satisfecho después de la representación
de la pieza, eso demuestra que significa lo
último. Según Sartre Ionesco parece decir en
esa pieza que el mundo está amenazado por la
bestialización, que es además un mal
contagioso. Y que sólo hay uno que resiste,
aunque se ignora la razón, a este contagio
universal.
En síntesis: un pesimismo total, que es un
pesimismo de la inacción. Por lo tanto ese
teatro es un teatro del fracaso y del mal. Por
añadidura un teatro burgués, escrito por
autores que -y este es quizá el mayor
error de ese teatro- cuando hablan mal del
burgués no lo hacen en tanto burgués, sino en
tanto hombre.
Hasta aquí el teatro con el que Sartre se
identifica no difiere del de Brecht. Pero el
teatro épico adolece de un defecto. Sartre se
planteaba la posibilidad de distinguir entre
teatro dramático y teatro burgués, que aparecen
indiferenciados en la lógica brechtiana, y
propone un teatro dramático no burgués, que
fuera próximo al teatro épico creado por el
artista alemán. La razón es doble: el teatro
dramático falla porque ha nacido del teatro
burgués, es decir de un teatro de búsquedas
individualistas; pero existe también una
insuficiencia en el teatro épico: el exceso de
objetividad. Brecht, señalaba Sartre, no ha
resuelto el problema de la objetividad y la
subjetividad, pues se hallaba dentro de los
límites del marxismo. Y eso le impedía
reconocer en su justa medida su
propia subjetividad.
En la estética teatral sartreana no hay una
verdadera oposición entre forma dramática y
forma épica. Consideradas unilateralmente son
insuficientes. La primera fracasa porque tiende a
inclinarse demasiado a la simpatía, a la
Einfühlung. Puede caer así del lado del teatro
burgués, si es que no se corrige con un
poco de objetividad. La segunda cae en el
error inverso: el de creer que se puede dar
una sociedad-objeto a los
espectadores.
Los argumentos de Sartre parecen ser sólidos.
Ciertamente lo que le ofrece el teatro épico al
espectador es una posibilidad de identificación
diferente a la del teatro burgués, pero una
forma de identificación al fin. El teatro de
Brecht no le da al receptor de sus obras una
libertad irrestricta de lectura. La lectura está
dirigida en el sentido de la dialéctica
materialista. El espectador es instado a la
lucha, a la acción política. Pero ese efecto
solamente se puede producir si hay una relación
de identificación entre el héroe brechtiano y
el público. Identificación ya no concebida,
claro está, a la manera de la pasiva
comunicación simpatética del teatro burgués,
que conduce a la catarsis, al apaciguamiento y a
la inacción del espectador, que se limita a
compadecer al héroe asistiendo a la
representación de los sufridos avatares de su
vida. Esta nueva identificación se realiza con
vistas a fines políticos, y, en este sentido, se
puede afirmar sin temor que el teatro de Brecht
es también subjetivo e ideológico, porque
ofrece una mirada parcial de la realidad social,
una perspectiva.
Curiosamente Sartre coincide en este punto con el
burgués Ionesco, que también
enfrentaba a Brecht. Vale la pena citarlo in
extenso:
Cuando se dice que el teatro
debe ser únicamente social, se trata, en
realidad, de un teatro político y, desde luego,
en tal o cual sentido. Ser social es una cosa:
ser socialista o marxista
o fascista es otra cosa; es
expresión de una toma de conciencia
insuficiente: cuanto más veo las piezas de
Brecht, más tengo la impresión de que el
tiempo, y su tiempo, se le escapan: su hombre
tiene una dimensión menos, su época está
falsificada por su ideología misma que estrecha
su horizonte; es un defecto común a los
ideólogos y a las personas disminuidas por su
fanatismo.
Ahora bien, el comentario de
Ionesco sobre Brecht es aplicable igualmente a
Sartre, cuyo teatro es, pese a sus intensiones
fenomenológicas, un teatro político. Hoy
sabemos que la figura de Sartre fue, en tanto
escritor comprometido y ferviente militante de la
causa de las masas, modelo y guía incuestionable
de varias generaciones de intelectuales durante
los sesenta.
Pero, tras la crisis de los noventa, la teoría
del compromiso plantea en la actualidad un
interrogante que, si bien hubiera sido un tanto
retórico en esos años, en el presente no lo es:
¿sigue siendo útil el arte como herramienta de
cambio social? Esta pregunta no es ociosa porque
si alguna verdad se puede extraer de la historia
del pensamiento, esa verdad es la que muestra el
vínculo estrecho que existe entre la historia y
las teorías, sean ellas sociales, políticas o
estéticas. Hay condicionamientos epocales de las
teorías y no hay llave maestra para todo tiempo
y lugar. En los noventa se han agravado las
condiciones que se vivían treinta años atrás.
El proceso cultural ha progresado hacia una nueva
forma de realidad: la realidad delusoria. El
límite entre lo real y lo imaginario, dos
esferas antaño bien diferenciadas, hoy tienden a
ser confundidas en lo que se denomina
simulación. En la hiperrealidad de
la simulación lo real y lo imaginario se
encuentran. De esa indiferenciación se deriva el
fenómeno que Baudrillard ha llamado
"desilusión metafísica": lo real deja
cada vez menos luz a la alternativa ilusoria. Lo
simbólico y lo imaginario se sumen en lo real.
Lo real es entendido como lo hiperreal
massmediático.
Nos encontramos, pues, frente a algo mucho más
complejo que un sistema económico-político
injusto. De modo que si se intenta escapar de esa
hiperrealización de lo real la crítica no puede
ser limitada solamente a los aspectos sociales o
políticos. Por tal razón las teorías
estéticas a la manera de la de Brecht o Sartre
son, en nuestra época, inapropiadas para
enfrentar al sistema dominante.
Frente al problema del compromiso del artista y a
la relación entre estética y política Adorno y
Marcuse desarrollaron en aquellos años teorías
alternativas. Adorno dejó constancia de su
posición especialmente en el último capítulo
de la Teoría estética. Allí afirmaba que
el compromiso no debe ser entendido en un sentido
excesivamente estrecho, es decir político, pues
en ese caso podemos convertirlo en norma de
censura. Al erigir el compromiso en principio
estético se corre el riesgo de hacer reaparecer,
respecto a las obras de arte, el control
dominante al que ellas justamente se oponen. El
compromiso, según Adorno, no es muchas
veces más que una falta de talento o de
adaptación, un debilitamiento de la
fuerza. E incluso va más lejos cuando
afirma, oponiéndose a la estética brechtiana,
que es dudoso que las obras de arte tengan
eficacia política. En verdad, para Adorno,
la eficacia social siempre es mediata. Lo que
modifica a la sociedad es la participación en el
espíritu por un proceso subterráneo. Las
obras de arte -dice- tienen su eficacia práctica
en una modificación de la conciencia apenas
concretable y no en que se pongan a
arengar. Los efectos que una obra de arte
ejerce en la praxis son relativos y dependen del
momento histórico en que esa obra de arte
aparece. Y aunque sea cierto que no se puede
prescindir de la intención del artista en la
época de aparición de sus obras, es mínimo lo
que se consigue solamente con las intenciones.
Adorno cita el caso de las comedias de
Beaumarchais, obras que carecían de un
compromiso social a la manera de Brecht o de
Sartre, y sin embargo tuvieron efectos políticos
porque sus contenidos estaban en armonía
con una línea histórica que en ellas se vio
adulada y con ellas disfrutó. En
contraste, la obra de Brecht fue impotente frente
a la sociedad y podría aplicársele, escribe el
filósofo frankfurtiano ironizando sobre ella, la
fórmula anglosajona preaching to the saved. Para
reforzar el argumento Adorno recuerda la tragedia
ática. En ella, dice, no hay un compromiso
político explícito, pero en cambio la
tendencia de la forma trágica frente a los temas
míticos, la solución de la maldición del
destino y el nacimiento de la subjetividad son
pruebas de la emancipación de un mundo
feudal-militar, y la colisión entre mito y
subjetividad prueba el antagonismo entre una
dominación aliada con el destino y una humanidad
que ha llegado a estado adulto.
En suma: lo social en arte nunca es inmediato, ni
aún -pese a la contumaz creencia de los artistas
comprometidos y de los teóricos que heroizan su
labor- cuando se lo pretenda. Si existe eficacia
ella se produce en virtud de la existencia misma
de las obras de arte en tanto negaciones de lo
práctico. El arte, en este sentido, es crítica
social a priori. Aún el arte autónomo. Aún el
arte de los artistas no comprometidos, artistas
sociales a su pesar, ya que, como dice Ionesco,
estamos sujetos todos a una suerte de
complejo histórico y pertenecemos a cierto
momento de la historia. El
cuestionamiento que se puede hacer al principio
de l'art pour l'art, lo ideológico y reprochable
que hay en él, no depende, de acuerdo con las
tesis de la Teoría estética de Adorno, de esa
antítesis a la realidad empírica que es el
arte, sino de que esa antítesis se vuelva
abstracta.
En las obras de arte lo decisivo, no sólo en el
plano estrictamente estético sino también en el
plano social, son las estructuras formales, no
los contenidos políticos. Comentando la obra de
Kafka hace notar Adorno que en ella el
capitalismo monopolista no aparece de un modo
protagónico, sino solamente en el trasfondo. Y
sin embargo el autor de El proceso
descubrió las escorias de un mundo
administrado, la situación de los hombres bajo
la maldición de la sociedad con más fidelidad y
fuerza que las novelas sobre la corrupción de
los trusts industriales.
Lo mismo dice del Quijote. En las intenciones de
Cervantes el Quijote, aparentemente, no tenía
otra pretensión que la modesta e irrelevante de
destruir la novela de caballería. Pero el
antagonismo literario puso en evidencia el
antagonismo de dos edades.
Otro caso es el del Werther de Goethe. A pesar de
no estar sustentado en una intención política,
esa novela ha contribuido a la emancipación de
la conciencia burguesa en Alemania.
E incluso, dice Adorno, si se consideran las
obras del propio Brecht, se verá que no es el
compromiso lo que les otorga calidad, sino las
innovaciones dramáticas en las que desembocó el
teatro didáctico, que conducían a la
destrucción de la unidad de sentido. Es eso lo
que constituye su compromiso y no los contenidos
de sus piezas que, en el fondo, decían cosas ya
sabidas: que los ricos la pasan mejor que los
pobres y que reina la injusticia y la opresión
en el mundo. El contexto histórico es, pues, un
dato esencial y hay que tomarlo como una
condición del compromiso.
Otro aspecto del análisis, complementario al de
Adorno, es el del injustamente olvidado Marcuse.
Marcuse ha mostrado lúcidamente que es necesario
considerar la profunda diferencia existente entre
lo que significa una obra de arte en una cultura
pretecnológica y bidimensional, y lo que
significa una obra de arte en la civilización
unidimensional en la que estamos hoy sumergidos,
civilización que ha disuelto toda dimensión
sublimatoria.
Marcuse dice que al correlacionar al arte con la
praxis social lo que ha de tenerse en cuenta es
no tanto el grado de compromiso político con las
masas sometidas, sino el grado de sublimación
contenido en las obras. La alienación es lo que
caracteriza tanto al arte positivo como al
negativo y la ruptura con la realidad social
es una cualidad esencial incluso del arte
más positivo. Madame Bovary, por ejemplo,
es una obra políticamente descomprometida,
modelo de arte por el arte, una obra que se
podría calificar de reaccionaria. Sin embargo en
esa novela, dice Marcuse, aún se siente la
alienación, aún late la conciencia desgraciada,
trágica, de Emma Bovary en una sociedad con una
moral sexual atrasada y sin psicoanalistas que
paliaran su angustia. Por lo tanto constituye una
obra valiosa que enfrenta el orden social
dominante de la moral burguesa.
Por cierto no puede considerarse que el
significado de la palabra burgués
fuera el mismo para Flaubert y para un marxista.
Para Flaubert era casi un sinónimo de
hombre, no de una clase explotadora
poseedora de los medios de producción. De modo
que la crítica social de Flaubert puede ser
considerada una crítica antropológica, no
política. Desde el punto de vista del compromiso
sartreano eso implica una crítica
burguesa, en tanto no discrimina
entre burgueses y proletarios. Pero en una
civilización unidimensional, de grado de
sublimación tendiente a cero, la recuperación
de lo imaginario, de la fantasía, ya comporta
una subversión de la experiencia cotidiana. La
actual es una civilización en la que el arte se
halla integrado, de modo que el arte por el arte,
que hace un siglo podía quizá representar
objetivamente una posición política
conservadora, constituiría hoy -si es que el
arte por el arte existiera- una manifestación de
arte comprometido, en tanto instancia
recuperadora de la fantasía. La ficción, decía
Marcuse, muestra a la experiencia cotidiana como
falsa y mutilada, y el arte tiene poder mágico
sólo como poder de la negación. Habla su propio
lenguaje sólo en tanto las imágenes que
rechazan y refutan el orden establecido estén
vivas. Adorno se expresaba en términos
semejantes: el arte es más que la praxis
porque al separarse de ella renuncia a la
vez a la estúpida falsedad de lo
práctico.
Puede ser que en algún futuro lejano, que hoy
apenas puede ser barruntado, advenga un arte
desublimado no ideológico, un arte que no diga
ni quiera decir nada a la razón, que no se
encuentre contaminado por el concepto, que sea
nada más que un estímulo para el libre juego de
los sentidos o un mero divertimento, a la manera
de la música de Mozart o de la pintura näif.
Por el momento, en tanto perdure la escición
entre sociedad real y sociedad deseada, estará
presente la necesidad del Gran Rechazo y el arte
representará, al constituirse como instancia de
irrealidad, es decir como forma, sueño o
fantasía, uno de los modos de ese Gran Rechazo.
En la actualidad un novelista como Flaubert, el
escéptico, el despectivo, el que odiaba a los
hombres, el pesimista, el antípoda de Brecht y
de Marx, que en una carta de mayo de 1857
escribía: La humanidad es así, no se
trata de cambiarla, sino de conocerla,
sentencia que puede ser colocada como antítesis
reaccionaria a la citada tesis sobre Feuerbach.
Flaubert el egoísta y burgués, merecería ser
considerado, en nuestro mundo desencantado, no a
pesar de su esteticismo, sino, por el contrario,
a causa de él, un artista comprometido y un
lúcido crítico social.
Ionesco, el dramaturgo burgués,
vilipendiado por Sartre, también. Poco tiempo
después de haber sido llevada a escena la pieza
Rinoceronte, Ionesco respondía a las críticas
que se le habían formulado. Se le reprochaba que
denunciaba el mal pero no había dicho lo que era
el bien, se le reprochaba no haber identificado a
Berenger con una ideología. Esta era la
contestación:
Personalmente desconfío de
los intelectuales que desde hace treinta años no
hacen sino propagar las rinoceritis y sostener
filosóficamente las histerias colectivas de la
cual periódicamente son víctimas pueblos
enteros. ¿Acaso no fueron los intelectuales los
inventores del nazismo? Si yo opusiera una
ideología ya hecha a otras ideologías ya hechas
que entorpecen nuestros cerebros, no haría sino
oponer un sistema de slogans rinocerónticos a
otro sistema de slogans rinocerónticos (...) Me
parece ridículo exigir una biblia a un autor
teatral; un medio de salvación; es ridículo
pensar para toda la humanidad y proveer a toda la
humanidad de una filosofía automática. El
dramaturgo plantea problemas que los
espectadores, en su recogimiento, en su soledad,
deben pensar y tratar de resolver para sí con
toda libertad; una solución defectuosa que ha
encontrado por sí mismo es infinitamente más
valiosa que una ideología ya hecha que impide al
hombre pensar.
Admitamos que en los sesenta el
compromiso del artista debía expresarse en una
opción política clara y distinta. En los
noventa, después de la confiscación del reino
de lo no real, la resistencia, como la de
Berenger, el rechazo a la absorción de la
otra dimensión por el estado de
cosas dominante, más omnipotente hoy que antes,
al ser un compromiso con lo imaginario, es a la
vez un compromiso político. La toma de partido
estética y política de hoy es: guerra al arte
dirigido, guerra al arte conformista, al arte
massmediático convertido en artículo de
consumo, al arte integrado, al arte-mercancía
que se deja seducir por el susurro de los cantos
de sirena del mercado, para después inclinarse y
ponerse de rodillas.
Desde luego la situación de los escritores y
artistas que rechazan lo existente puede ser
desalentadora, pues sus obras padecen la
imposibilidad de producir efectos sociales. Y eso
se debe a que la oposición al sistema dominante
supone una renuncia al empleo de los medios de
comunicación que justamente pueden llevar a
producir esos efectos. El artista, decía
Schiller, es hijo de su tiempo pero
desdichado de él si, a la vez, es su alumno o
incluso su favorito.
Aquellos que esperan conseguir la eficacia que
echan de menos gracias a una adaptación a las
necesidades existentes yerran el rumbo. Y en
primer lugar porque, como decía Adorno, no
sabemos cuales son las necesidades, pese a los
especialistas y eruditos en arte y a los expertos
de la industria de la cultura. No hay duda de que
el arte entendido como Gran Rechazo se encuentra
malherido. Las hienas y los chacales sienten el
olor de su sangre. Su ausencia hace pensar que
está confinado en algún sitio apartado, y allí
se lame las heridas y resiste contra la muerte
anunciada por el demonio del mercado. Es verdad
que la lección de Adorno tiene algo de llamado a
una heroicidad de la que muy pocos son dignos. Y
que sus palabras pueden sonar, en los oídos
realistas y pragmáticos de los 90, como un
rumor de los espíritus de los extintos dioses de
la utopía, o como los estertores finales de los
últimos románticos. Pero, tal vez, el verdadero
y profundo realismo no sea el de la banalidad de
la sensatez y el sentido común del rebaño que
se doblega, sino el de aquellos que son capaces
de soñar. Seamos realistas, -se decía en
mayo del 68-: pidamos lo imposible.
Texto extraido de:
Herramienta.
Revista de debate y crítica marxista, Nº 11
http://www.herramienta.com.ar/varios/11/11-9.html
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