| En sus momentos
de apogeo, el Nuevo Cine Latinoamericano
(NCLA) fue algo más que la simple
sumatoria de cinematografías nacionales
aunadas por el idioma, las historias
comunes y la similitud de caracteres
nacionales; se convirtió en el respaldo
audiovisual de una época cambiante y
signada por la utopía de la modernidad y
del iluminismo. Si bien los primeros
avances del movimiento surgen a finales
de los cincuenta, no se consolidaría y
cobraría conciencia de conjunto hasta el
lapso de tiempo posterior a los
festivales de Viña del Mar en 1967 y
1969. (1) Luego de que el medular evento
chileno fuera estrangulado por el golpe
pinochetista, la intención ecuménica
regional vuelve a repuntar una década
más tarde en los festivales de La
Habana, donde continuaron divulgándose
acciones cinematográficas colectivas y
militantes en contra del subdesarrollo,
la opresión y la dependencia. El NCLA
creció y se fortaleció desde la
proclamación de las especificidades
sociales, económicas y culturales de
cada país. Tuvo que hacerse a veces más
simbolista y metafórico (condicionado
por circunstancias políticas), en otras
ocasiones se dejó permear gustoso por
las influencias documentales (cámara en
mano, sonido directo, testimonio,
realidad contemporánea), sobre todo en
las naciones urgidas por conformar el
testimonio cinematográfico de sus
realidades. Si algunos pocos realizadores
optaron por la linealidad narrativa y
clásica, otros se afincaron en la
metáfora y la ruptura lingüística,
cada opción condicionada por el
desarrollo industrial y artístico que
hubiera alcanzado el contexto industrial
y artístico del cual provenía. Visto en
perspectiva, puede decirse que el NCLA se
apoyaba más en el nacionalismo cultural
y en programas sociales y políticos
propios de las izquierdas
latinoamericanas, que en la coherencia
estética o en un estilo representacional
predeterminado. Siempre se destacó más
por lo que no quería ser (rosada
evasión hollywoodense, esquematismo
ramplón de los viejos cines nacionales,
confirmación de las realidades
nacionales) que por lineamientos con
carácter normativo o programático.
Precursores de los años
cincuenta
Con una voluntad marcada de denuncia
social, fuerte carga opositora respecto a
los poderes instituidos, por lo regular
al margen de la producción industrial y
con definida vocación documental y
testimonial, surgían las primeras
películas emblemáticas del movimiento
que luego se conocería como Nuevo Cine
Latinoamericano, sello que permitía
distinguirlo del cine anterior,
rechazado con vehemencia como
imitativo de Hollywood, irrealista,
alienante y sentimentaloide, según
afirma Ana López en el ensayo An
Other History: The New Latin American
Cinema. Cuando pasaron algunos
años, lejos del turbión fundacional, y
descendió un tanto el furor medio
iconoclasta de los jóvenes cineastas,
hubo un reconocimiento más sosegado de
los numerosos valores y aportes del viejo
cine latinoamericano. (2)
A medida que sus filmografías
avanzaban hacia los años sesenta, se
hacía más perceptible la tendencia a
explorar las potencialidades políticas e
ideológicas del cine, así como la
capacidad para mostrar realidades
conflictivas. En la fundación de esta
tendencia se encontraban el argentino
Fernando Birri, los cubanos Julio García
Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea y el
brasileño Nelson Pereira Dos Santos,
todos interesados en los modos
neorrealistas de concebir el cine, a
partir de la consecución de filmes
cargados de elementos documentales y de
intenciones sociológicas y ontológicas,
y producido al margen de la industria,
sobre todo a partir del modesto aporte de
sociedades culturales y universidades.
Argentina: Con su
voluntad remarcada de autor y su cine
intimista, aferrado a cierto
expresionismo decadente, Leopoldo Torre
Nilsson no siempre es reconocido como
precursor del Nuevo Cine Latinoamericano,
pero en sus mejores filmes de este
momento (Días de odio, 1953; La
casa del ángel, 1956; La caída,
1959) existe una voluntad de crítica a
los prejuicios y limitaciones burgueses y
una complejidad de la puesta en escena
que lo distancian del cine comercial de
su época y lo acercan al que se
impondría en años posteriores. Hugo del
Carril se inspiró en cierta vocación
histórica y literaria del viejo realismo
para entregar dramas de inusual realismo
e inquietudes sociales, como Las
aguas bajan turbias (1952) y Surcos
de sangre (1950). Los documentales Tire
Dié (1958), Fundación de
Buenos Aires (1959) y Buenos
días Buenos Aires (1959), de
Fernando Birri, marcaron el comienzo del
nuevo cine argentino. Birri también
fundaría el Instituto Cinematográfico
de la Universidad del Litoral, de fuerte
influencia en el cine argentino y
latinoamericano posterior. Sentido
modernista y estudios caracterológicos
portaba el cine de Fernando Ayala, con Ayer
fue primavera (1954), Los tallos
amargos (1956) y El jefe
(1958).
Bolivia: Los cambios
políticos y la fundación del Instituto
Nacional de Cine, en 1953, favorecen una
cierta mejoría, aprovechada sobre todo
por los documentalistas, en particular
Jorge Ruiz.
Brasil: Nelson
Pereira Dos Santos funda un nuevo cine
brasileño con Río 40 grados (1955)
y Río Zona Norte (1957), crónicas
muy neorrealistas sobre la vida urbana en
Río de Janeiro. Ambos filmes dejaron
marca indeleble en los posteriores filmes
del cine brasileño, y no solo del
llamado cinema novo, que sobrevendría de
inmediato, tomando a Pereira Dos Santos
como su fundador y principal figura. Lima
Barreto fue el primer cineasta nacional
que se le ocurre vincular la estética
del western con la temática nordestina,
con notables acentos documentales, en Cangaceiro
(1954).
Cuba: Codirigido por
Tomás Gutiérrez Alea y Julio García
Espinosa, y con guión del propio García
Espinosa, con la colaboración de Alfredo
Guevara y José Massip, El Mégano (1955)
fue el primer paso hacia un cine
revolucionario, a partir del
documentalismo crítico y de denuncia,
que provocó la furia de las autoridades
batistianas. En 1959, la Revolución crea
el Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos ( ICAIC), a cargo de la
producción, comercialización y
exhibición del cine nacional. El ICAIC
se nutrió de intelectuales y artistas
procedentes de El Mégano, de la
Sociedad Cultural Nuestro Tiempo
(Guillermo Cabrera Infante, Néstor
Almendros) y el cine club Visión (Manuel
Octavio Gómez, Manuel Pérez). Los
documentales Esta tierra nuestra,
de Tomás Gutiérrez Alea, y La
vivienda, de Julio García Espinosa,
fueron las obras fundacionales del ICAIC,
en 1959. Cuba fue el primer y único
país de Latinoamérica cuyo cine
renovador y de vanguardia estuvo apoyado
por instituciones estatales.
México: El emigrado
Luis Buñuel le confiere forma
cinematográfica definitiva al realismo
social, al estudio sicológico profundo
de caracteres, y a la crítica a los
prejuicios burgueses, mediante películas
como Los olvidados (1950), Subida
al cielo (1951), Él
(1952), La vida criminal de
Archibaldo de la Cruz (Ensayo de
un crimen, 1955) y Nazarín
(1958). Enorme repercusión nacional e
internacional alcanzan obras de fuerte
vocación independiente, neorrealista y
testimonial como Raíces (1953),
de Benito Alazraki, y Torero
(1956), de Carlos Velo. Manuel Barbachano
es el principal animador-productor del
cine independiente mexicano.
Uruguay: En 1958, se
sucede el Festival Internacional del
Filme Documental y Experimental de
Montevideo, con invitados como Fernando
Birri (Argentina), Jorge Ruiz (Bolivia),
Nelson Pereira Dos Santos (Brasil),
Manuel Chambi (Perú) y Patricio Kaulen
(Chile), todos a la sazón realizadores
de documentales de encuesta social, que
rompía el modelo etnográfico y
antropológico, e impulsores en sus
respectivos países de la estética y de
los contenidos que impondría el NCLA.
Venezuela: El
argentino Carlos Hugo Christensen filma
aquí La balandra de la tía Isabel
(1950), que destacó por su belleza
plástica y su costumbrismo nacionalista.
La denuncia de las condiciones de trabajo
en las salinas fue el tema del documental
que sentó las bases de un nuevo cine
venezolano: Araya (1959), con
guión, edición y dirección de Margot
Benaceraf, el cual también destacó por
su belleza plástica.
Apogeo en los años
sesenta (y principios de los setenta)
El Nuevo Cine Latinoamericano
consiguió gestarse al calor de la
filosofía de la liberación, de los
movimientos populares e independentistas,
de la Guerra Fría y el mundo bipolar, de
las intervenciones militares
norteamericanas que pretendían imponer
la dependencia económica y política. En
mayoría, sus realizadores postulaban la
consecuente liberación de los oprimidos,
la fe en las reservas morales y
revolucionarias del pueblo, el
establecimiento de sociedades sin
antagonismos de clase, la culpa del
imperialismo internacional y de las
oligarquías nacionales por la miseria,
el atraso y la pobreza.
Estos son los años en que se
consolida el triunfo de la Revolución en
Cuba, se expanden los procesos
libertarios por todo el Tercer Mundo, se
esparce la rebeldía estudiantil en las
ciudades y las guerrillas en las zonas
rurales, se viene consolidando toda una
retórica antiimperialista y
antiburguesa, que intentó manifestarse
cinematográficamente fundiendo las
vanguardias política y estética. Por
otra parte, florecía un cine novedoso y
anticonformista en la nueva ola francesa,
el free cinema británico, el deshielo en
Europa del Este, los independientes de
Nueva York, la nueva subjetividad
germana, surgía el cine africano, se
confirmaba el cine de autor, cuyos
principales profetas parecían ser
Federico Fellini, Ingmar Bergman y Andrei
Tarkovski. En Latinoamérica, estaba la
literatura del boom, Brasil intentaba
construir su milagro económico, en otras
ramas del arte y la cultura predominan la
informalidad y las tendencias
contraculturales, antiburguesas.
La presentación en importantes
festivales de cine fue avisando al resto
del mundo de que existía algo distinto
en las cinematografías latinoamericanas.
Fueron importantes, en la primera mitad
de los años sesenta, los festivales de
Karlovy Vary y Moscú, pero también San
Sebastián, Venecia, Berlín y Cannes,
para fortalecer los contactos entre los
diversos cineastas del área
identificados como parte de un proyecto
común, dinamizador y anticonformista.
Pero e l primer gran paso en la
constitución del Nuevo Cine
Latinoamericano fue dado en los
Festivales de Viña del Mar de los años
1967 y 1969, flanqueados por muchos otros
encuentros en que se fraguaban alianzas e
identificaban propósitos comunes. (3) El
Festival de Viña del Mar estableció la
conjunción de todos en un proyecto
continental que estimularía lo nacional,
a partir de la ruptura con las
producciones tradicionales y de la
celebración de la lucha de clases.
Además, favoreció que el movimiento
ganara en fuerza y coherencia, a partir
de líneas de desarrollo como la
captación de la realidad social
cotidiana con un tipo de filmación
artesanal, flexible y económica,
impulsada por la aspiración
latinoamericana a insertarse en la
modernidad y a propiciar el cambio social
que representaba la Revolución cubana.
En mucho contribuyó a la unidad entre
las cinematografías latinoamericanas el
antes mencionado Primer Encuentro de
Documentalistas Latinoamericanos, en la
Universidad de Mérida, en 1968. Aquí se
establecen los tres grandes principios
del NCLA: la contribución al desarrollo
de culturas nacionales lo suficientemente
fuertes como para retar la penetración
imperialista y el colonialismo cultural;
la determinación de perspectivas
continentales a los problemas del
subdesarrollo común (lucha por la
integración); y el incremento de la
conciencia de las masas, a partir de
mostrar críticamente los conflictos
sociales.
El Nuevo Cine Latinoamericano (NCLA)
revestía culturalmente los intentos de
una nueva generación de cineastas
dispuestos a comprometerse con cambios
radicales a nivel continental. En Chile,
varios cineastas colaboraban con la
Unidad Popular; el grupo Ukamau trabajaba
junto a los indígenas y los mineros
bolivianos; en Cuba, colaboraban en la
construcción de la conciencia
revolucionaria; en Colombia, desnudaban
los mecanismos que producían olas de
violencia; en México surgía un cine
independiente de formación cine-clubista
y europeizada; en Brasil cuajaba el
cinema novo y en Argentina se
instrumentaban las fórmulas del
documentalismo socialmente comprometido,
desde la Escuela de Santa Fe primero, y
luego, desde el Tercer Cine como
alternativa. Todas estas corrientes
emplearon el cine como instrumento de
concienciación, y de esta manera
generaron un movimiento, el NCLA,
caracterizado por su agenda ideológica y
política, y su compromiso con los
ideales de la izquierda.
Simultáneamente, en varios países
surgieron prácticas cinematográficas
asentadas en un proyecto ideológico
opuesto a las prácticas homogeneizadoras
del cine comercial, y por tanto, a favor
del descentramiento creativo e
industrial. Las opciones estéticas del
Nuevo Cine Latinoamericano se fueron
modificado y reacomodando (del
neorrealismo documental a la nueva ola
intimista, y muchas otras
recontextualizaciones) para continuar
expresando las realidades sociales, y
sustentando las especificidades
culturales. Así, el movimiento asumió
características diversas en cada país,
de acuerdo con el contexto, y validó
estrategias industriales o se mantuvo al
margen de ellas, asimiló formas
tradicionales, vernaculares, de
expresión, o le echó mano a lo más
moderno de las artes representacionales
del Primer Mundo, por lo cual generó un
conjunto sumamente heterogéneo de
filmes, pero en general se mantuvo fiel a
las prácticas marginales, alternativas,
vanguardistas, oposicionales y anti-mainstream.
En cuanto a estética y lenguaje, las
primeras grandes películas del NCLA
manifestaban una gran deuda con el
neorrealismo italiano, en tanto fueron
realizadas con la avidez de irradiar sus
historias desde las posiciones del
verismo documental y de la cámara en la
mano. En todos los casos, la
representación se asienta en la
conciencia del subdesarrollo y en el
vertical compromiso entre estética e
ideología que propugnara el cambio
social. Así fue postulado en la mayoría
de los numerosos manifiestos generados
por el NCLA: Cine y subdesarrollo
(1962), de Fernando Birri, La
estética del hambre (1965), de
Glauber Rocha, Por un cine imperfecto
(1969), de Julio García Espinosa, y Hacia
un tercer cine (1968), de Octavio
Gettino y Fernando Solanas, en todos los
cuales se empleaban términos como
imperialismo y descolonización, se
postulaba la necesidad de un cine
entendido cual agente ideológico, se
rechazaban los estándares del cine de
entretenimiento no comprometido con la
crítica y con la denuncia y, en cuanto a
estética, se hablaba de imperfección,
de cine del hambre, de tercer cine. En
este último manifiesto, y en el filme La
hora de los hornos, firmado también
por Solanas y Gettino, se identifica al
NCLA con corrientes como el cine de
denuncia, el cine testimonio y el cine de
agitación, todos marcadamente militantes
en su búsqueda de los aspectos no
representados y de los potencialidades no
reconocidas de la identidad cultural
nacional, como lo define Julianne
Burton en Democratizing Documentary:
Modes of Address in Latin American
Cinema, 1959-1972.
La afirmación de Glauber Rocha
respecto a que para hacer una película
basta con una idea en la cabeza y una
cámara en la mano, contribuyó no poco a
cambiar los modos de producción,
exhibición y recepción; se impuso el
discurso de la realidad nacional y del
nacionalismo cultural y se le dio curso
al pensamiento concerniente a los valores
colectivos y a la estética
anticolonialista originada en ancestrales
tradiciones.
El violento eclecticismo de La
hora de los hornos (1968) también
encontró algunos ecos en el cine
latinoamericano posterior. Aclamada como
el Potemkin latinoamericano,
sobre todo por su sagaz integración de
recursos formales provenientes de muy
diversas fuentes (fotoanimación,
archivo, noticiarios de televisión,
fragmentos de otros filmes, publicidad,
ficcionalización de la realidad,
elementos gráficos y música de los más
diversos géneros y procedencias), el
filme-ensayo desplegaba su arsenal en
función de la sacudida incendiaria y la
denuncia emancipadora. La hora de los
hornos es tal vez el filme más
influyente, fuera y dentro del
continente, de cuantos salieran de
Latinoamérica en los años sesenta.
Argentina : Despegue
en la ficción de la Escuela de Santa Fe,
dirigida por Fernando Birri, con la
comedia neorrealista Los inundados.
Paralelamente, entraba la joven
generación de los años sesenta, quienes
pretendían enfoques más
intelectualizados y europeístas para
mostrar la sordidez o la incomunicación
pequeño burguesa. En esa cuerda estaban
las óperas primas o segundas películas
de Lautaro Murúa (Alias Gardelito,
La Raulito), Simón Feldman (El
negoción), Leonardo Favio (Crónica
de un niño solo, El dependiente),
Rodolfo Kuhn (Pajarito Gómez, Jóvenes
viejos), David J. Kohon (Tres
veces Ana) y Manuel Antín (La
cifra impar; Los venerables todos).
El tercer grupo, que contribuyó de
manera definitiva a cambiar la faz del
cine argentino, fueron los cineastas
políticos, encabezados por Fernando
Solanas y Octavio Gettino (La hora de
los hornos), y la participación de
muchos otros (Gerardo Vallejo, Raymundo
Gleizer, Jorge Cedrón, Ricardo
Wullicher), quienes intentaban
solidarizar al espectador con las luchas
sociales, al igual que Jorge Sanjinés
(en Bolivia) y Miguel Littín (en Chile).
El golpe militar de 1976 y la dictadura
posterior provocaron una crisis de la
cinematografía nacional, y hasta 1980
apenas se realizaron producciones
interesantes, ni en el cine industrial ni
mucho menos dentro de los estilos
típicos del NCLA.
Bolivia: Verdadero
foco de resistencia cultural en defensa
de los desposeídos sería el cine del
grupo Ukamau, que pretendía revelar la
realidad tal cual era y plasmar temas
cotidianos. El líder fue Jorge Sanjinés
(Sangre de cóndor, El coraje del
pueblo, El enemigo principal).
Antonio Eguino hace Chuquiago
(1977) y Amargo mar (1984).
Brasil: Los mejores
filmes del cinema novo mostraban la
violencia urbana y la miseria rural como
un reto a la complaciente imagen nacional
divulgada por el estado desde Brasilia.
Los cineastas reivindicaron con entera
libertad su autoría. Nelson Pereira Dos
Santos construyó un cine de la
precariedad y la improvisación en las
nordestinas Boca de oro (1962) y
Vidas secas (1963); después sus
protagonistas fueron burgueses citadinos
(El justiciero, 1966; Hambre
de amor, 1968). Glauber Rocha
evoluciona desde el neorrealismo de Barravento
(1962) hasta el barroquismo mágico y
filosófico de Dios y el diablo en la
tierra del sol (1964), Tierra en
trance (1966) y Antonio das
Mortes (1967). Tanto Rocha como Ruy
Guerra (Los holgazanes, 1963;
Los fusiles, 1964) deben abandonar
el país luego de la instauración de la
dictadura militar. También destacaron
dentro de este movimiento Joaquim Pedro
de Andrade, con la carnavalesca y
simbólica Macunaima (1969), y
Carlos Diegues, que aportó al país
algunos de sus filmes más redondos y
auténticamente populares: La gran
ciudad (1967), Los herederos
(1970), Xica da Silva (1976) y Bye
Bye Brasil (1980). León Hirszman
fue tal vez el más coherente de todos
los cinemanovistas, pues se mantuvo en su
registro moderado, crítico y de
conmovedora sencillez en La difunta
(1965), San Bernardo (1971) y Ellos
no usan smoking (1981). El cinema
novo se caracterizó por su pluralismo
estético e ideológico, y no solo
exploró el mundo de las favelas y el
nordeste, sino también el universo de
los negros ( Ganga Zumba , 1963)
y de los indígenas ( Uirá, un indio
en busca de Dios , 1974), ambas a
medio camino entre el documental y la
ficción. Dentro de los más diversos
estilos y géneros, fueron pasos seguros Asalto
al tren pagador (1962, Roberto
Farías), Puerto de cajas (1963,
Paulo César Sarraceni) y la nuevaolera Noche
vacía (1964, Walter Hugo Khouri),
entre otras.
Chile: Fuerte
estímulo al cine por el gobierno de la
Unidad Popular. Primeras e importantes
obras de Raúl Ruiz, Miguel Littín, Aldo
Francia, Helvio Soto, Valeria Sarmiento.
Medular importancia tuvieron para el NCLA
los Festivales de Viña del Mar en 1967 y
1969. Todo el movimiento fue destruido
por el golpe militar pinochetista.
Colombia: El mejor
ejemplo del documentalismo crítico y
comprometido con la realidad fue Chircales
(1968), de Marta Rodríguez y Jorge
Silva, quienes propiciaron el
descubrimiento para el cine
nacional del mundo obrero e indígena.
Otros documentalistas destacados en este
periodo fueron Carlos Álvarez (¿Qué
es la democracia?, 1971) y Luis
Ospina.
Cuba: Grandes
personalidades del cine mundial se
entusiasman por el cine cubano (Cesare
Zavattini, Agnes Varda, Joris Ivens,
Chris Marker), y los soviéticos ruedan
la ambiciosa coproducción Soy Cuba
(1964, Mijail Kalatozov), que influyó en
la visualidad del cine cubano posterior.
Primero se destacó el documentalismo,
con Santiago Álvarez (Ciclón, Now,
Cerro Pelado, Hanoi martes
13), Nicolás Guillén Landrián (Ociel
del Toa, Coffea Arábiga),
Octavio Cortázar (Por primera vez)
y Oscar Valdés (Vaqueros del Cauto,
Escenas de los muelles). En este
cine documental se formaron los
principales cineastas cubanos, pues el
cine de ficción alcanzaría poco
después su consagración: La muerte
de un burócrata (1966), Aventuras
de Juan Quinquín (1967), Memorias
del subdesarrollo (1968), Lucía
(1968) y La primera carga al
machete (1969), que marcaron la
llamada época dorada del cine cubano,
cuando había una búsqueda de la
complejidad en todos los niveles que
parecería irrepetible. En los años
setenta, aunque de modo menos
deslumbrante, también aparecieron
importantes filmes: El hombre de
Maisinicú (1973), Ustedes
tienen la palabra (1973), De
cierta manera (1974), La última
cena (1976), y Retrato de Teresa
(1978). Pero, en general, esta década
significó el descenso en el número de
largometrajes de ficción, el incremento
en el espíritu de militancia política (Tercer
mundo, tercera guerra mundial, 1970;
De América soy hijo y a ella me debo,
1972; Cantata de Chile, 1976) y
el academicismo de un cine historicista y
un tanto retórico (Una pelea cubana
contra los demonios, 1971; Los
días del agua, 1971; Páginas
del diario de José Martí, 1971; El
otro Francisco, 1974; Mella,
1975; Rancheador, 1976). En 1979
se le da continuación al proyecto de
unión e integración de Viña del Mar
con el Festival Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano de La Habana (que no
ha cesado de efectuarse todos los años
desde entonces).
México: En 1960 se
funda la Filmoteca de la Universidad
Autónoma de México (UNAM). El
balcón vacío (1961), de Jomi
García Ascot, preparó al nuevo cine
mexicano para adjudicarse los estilos
reflexivos e introspectivos de la nueva
ola francesa. Inspirándose en tal
ejemplo, y en el precedente de Raíces
y Torero, se continúa haciendo
un cine menos comercial y de mayor
calidad, aunque el destino de la
industria depende de las ambigüedades
inherentes a la legislación estatal. El
buñuelesco Luis Alcoriza (Tiburoneros,
1962; Tarahumara, 1964; Mecánica
nacional, 1971) es el más
representativo cineasta del período,
junto con Felipe Cazals (Los que
viven donde sopla el viento suave,
1974, El Apando, 1975, Canoa,
1976). Otros directores importantes
fueron Alberto Isaac (En este pueblo
no hay ladrones, 1965), Alberto Gout
(Estrategia matrimonial, 1966),
Servando Gonzáles (Viento negro,
1964), Alejandro Jodorowski (El topo,
1970, La montaña sagrada,
1972), quienes buscan apegarse a la
realidad mexicana, mientras que La
fórmula secreta (1964), de Rubén
Gámez, se inspiraba en los hallazgos de
la vanguardia de los años treinta, pero
observando muy de cerca la vida nacional.
En 1969 se organiza el Grupo Cine
Independiente, pero muy pronto arribó la
nacionalización de la industria del cine
por el gobierno de Echeverría, que
marcó la aparición de inversores
privados, el crecimiento de las cuotas
para el cine nacional y el perfilado de
una tendencia autorista, con notables y
comprometidas obras de Felipe Cazals (Canoa,
1975), Jaime Humberto Hermosillo (La
pasión según Berenice, 1975), Paul
Leduc (Reed, México insurgente,
1972) y Arturo Ripstein (El castillo
de la pureza, 1972, El lugar sin
límites, 1977), entre otros.
Uruguay : En 1969 se
inaugura la Cinemateca del Tercer Mundo
en Montevideo, que distribuyó en la
medida de lo posible filmes del NCLA
hasta 1972. Trataron de continuar este
empeño, en Norteamérica, Tricontinental
Films; en España, Primer Plano; en
México, Zafra; en Cuba, el Mercado del
Cine Latinoamericano (MECLA), entre
otros.
Venezuela : Encuentro
fundacional de documentalistas en la
Universidad de Mérida, en 1968. Los
años setenta trajeron mejoras al cine
nacional, con la creación de nuevas
estructuras de financiamiento que
abrieron camino a la autonomía de los
directores, como Román Chalbaud con Caín
adolescente (1958). En 1974 se funda
en Caracas el Comité de Cineastas de
América Latina, que reitera los
compromisos con la izquierda marxista y
con las luchas populares contra las
oligarquías. Muy pronto el Comité se ve
precisado a denunciar las torturas y las
desapariciones de Jorge Müller y Carmen
Bueno (Chile, 1974), de Raymundo Gleyzer
y Rodolfo Walsh (Argentina, 1976). (4)
En los años setenta y principios de
los ochenta, muchos de los fundadores y
principales representantes del NCLA se
verían sometidos a procesos de
cooptación de muy diversas índoles que
les impedirían seguir trabajando como al
principio. Quienes lo lograron tuvieron
que desproveer a sus filmes de crítica
social (o disimularla mucho mediante
comedia y melodrama), debían inspirarse
en obras literarias consagradas o en
sucesos históricos que fomentaran el
patriotismo generalizador, o se vieron
precisados a formas alegóricas de
expresión que los distanciaron del
público. Solo con estos preceptos se les
permitió seguir trabajando.
Las estéticas y la ética de los
fundadores del NCLA el cine
imperfecto y revolucionario en el sentido
más amplio de la palabra: una cámara en
la mano y una idea en la cabeza
continuaría reverdeciendo en cualquier
país del área donde existiera avidez
por imágenes cercanas a la verdad, ansia
por confirmar la identidad nacional,
valentía y ética para denunciar las
indigencias materiales y espirituales.
Bibliografía:
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Editora ICAIC, 1996.
Armes, Roy, Third World Film
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Burton , Julianne, The New Latin
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Entrevistas con realizadores
sudamericanos, Ciudad de México,
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Galiano, Carlos y Caballero, Rufo
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1999.
García Espinosa, Julio, Un largo
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Martin, Michael T. (ed.), New
Latin American Cinema, Volume Two,
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Pick, Zuzana M., The New Latin
American Cinema. A Continental Project,
University of Texas Press, Austin, 1993.
Notas:
1- El primer Viña del Mar fue
dirigido por Aldo Francia. Participaron
obras de los argentinos Gerardo Vallejo,
Eliseo Subiela ( Sobre todas las
estrellas ) y Mauricio Beru; del
boliviano Jorge Sanjinés; de los cubanos
Humberto Solás ( Manuela ) y
Santiago Álvarez; de los brasileños
León Hirszman ( Mayoría absoluta
) y Gerardo Sarno; de los chilenos Miguel
Littín y Helvio Soto; del mexicano Oscar
Menéndez; del uruguayo Mario Handler y
del venezolano Daniel Oropeza. En Viña
del Mar 69 se articuló el canon
del NCLA, y además se estableció la
disensión de algunos cineastas respecto
al dogmatismo naciente. Participaron Sangre
de cóndor (Bolivia, Jorge
Sanjinés), Antonio das Mortes
(Brasil, Glauber Rocha), Brasil, año
2000 (Brasil, Walter Lima), El
chacal de Nahueltoro (Chile, Miguel
Littín), Tres tristes tigres
(Chile, Raúl Ruiz), La primera carga
al machete (Cuba, Manuel Octavio
Gómez), Memorias del subdesarrollo
(Cuba, Tomás Gutiérrez Alea) y Lucía
(Cuba, Humberto Solás).
2- El Nuevo Cine Latinoamericano en
general se oponía a la herencia
cinematográfica del pretérito, pero con
el tiempo fueron revalorizados el
mexicano Emilio Fernández, el argentino
Luis Saslavsky o el brasileño Humberto
Mauro, por solo mencionar tres nombres en
un conjunto importante de consumados
artesanos, e incluso notables artistas,
localizables en el tan vilipendiado viejo cine
latinoamericano.
3- Aparte de
Viña del Mar, en las postrimerías de
los años sesenta, deben mencionarse los
encuentros en Mérida (Venezuela), Sestri
Levante y Pésaro (Italia), así como la
continuación de esta tendencia en
festivales posteriores, como los de
Montreal (Canadá), Nantes y Biarritz
(Francia), Huelva y Huesca (España),
Trieste (Italia), y por supuesto, los dos
eventos clásicos del NCLA en los años
setenta y ochenta: Cartagena y La Habana.
4-Este encuentro
fundacional en Caracas 1974 contó con el
encuentro de unos 50 cineastas del área
y con el apoyo del ICAIC. Entre los
miembros estaban el chileno Miguel
Littín, los cubanos Manuel Pérez
Paredes y Pastor Vega, y el venezolano
Carlos Rebolledo. En 1977, en el Festival
de Mérida, Venezuela, se reunió el
Comité para ratificar a Miguel Littín y
Manuel Pérez Paredes, y se incorporan
Walter Achugar (Uruguay), Raymundo
Gleyzer (ya desaparecido en Argentina) y
Edmundo Aray (Venezuela), y crean el
premio Saúl Yelín, que se otorga hasta
el presente en el Festival Internacional
del Nuevo Cine Latinoamericano de La
Habana. En 1982, se amplía el Comité, y
en 1985 se acuerda nombrar tres Miembros
de Honor: Fernando Birri, Alfredo Guevara
y Nelson Pereira Dos Santos, y se decide
crear la Fundación del Nuevo Cine
Latinoamericano y la Escuela
Internacional de Cine y Televisión
de San Antonio de los Baños.
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