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Martín Rejtman & Lucrecia Martel
Esplendor argentino



Mes generoso del nuevo cine argentino: "Los guantes mágicos" y "La niña santa" en la cartelera. Esta nota propone un Rejtman vs Martel, y si bien le otorga el triunfo al primero, reconoce los méritos de estos dos renovadores.

Hubo un tiempo que no fue hermoso, pero vale la pena recordarlo. Fue a fines de los 80 e inicios de los 90, un tiempo en el que casi no se podía ver cine argentino digno. La pantalla nacional estaba cargada de fealdad, de esa que no servía para discutir, sólo para caer en la tentación de arrancarse los pelos o burlarse. Pero entre tanto feísmo, empezaba a vislumbrarse cierta hermosura, lo podemos decir hoy, porque surgía subterráneamente una generación de estudiantes de cine y coincidía con el principio de una “nueva crítica”. Esa fue la denominación que le dio Martín Rejtman a la crítica de principios de los 90 en una entrevista por su retrospectiva en el último Bafici. Y agregaba: “Rapado coincidió con una nueva camada de críticos, con una manera diferente de mirar”. Esa crítica era principalmente la de las revistas El Amante, que apareció en 1991, y luego la de Film, desde 1993. Rejtman reconoce distintos cambios en la crítica, en su historia y en darle lugar en el cine como campo artístico. Rejtman está lejos del discurso de la industria argentina más reaccionaria que combate la crítica como la peste, repite lugares comunes y no piensa en un diálogo posible. Y el mérito de Rejtman es aun más importante porque no lo dice por conveniencia, lo dice por lucidez. En El Amante, Rapado (1992) recibió varias objeciones (EA 15 y 31) y no le fue demasiado bien hasta su estreno en 1996 (EA 53). Por su parte, Silvia Prieto tuvo un adelanto a favor (EA 82) pero en el momento de su estreno hubo una polémica con una crítica en contra bastante demoledora (EA 87).

Lucrecia Martel también piensa en un diálogo entre críticos y directores. Cuando se estrenó Historias breves, donde participó su corto Rey muerto (1996), Martel nos dijo: “Los críticos deberían estar más cerca de los lugares donde se aprende para que pudiera haber un diálogo”. Martel fue incorporada a las páginas de El Amante antes que Rejtman: en el número 5, mayo de 1992, Castagna reseñó Besos rojos, un corto en video que LM presentó en Uncipar. Esa crítica fue feroz, pero cuatro años después todo se revirtió: la revista consideró el corto de LM como uno de los más importantes de Historias breves y su debut en el largo con La Ciénaga fue esperado ansiosamente; incluso se le dedicó una entrevista adelantando el estreno (EA 100). Al poco tiempo, cuando se estrenó La Ciénaga LM fue foto de tapa (EA 108) y se publicaron tres notas que daban cuenta de su “complejidad”. Frente a la pregunta ¿qué película desde Pizza, birra, faso será la más perdurable?, diez críticos de El Amante eligieron La Ciénaga, empatando en segundo lugar (con tres votos cada una) Un oso rojo de Caetano y Mundo grúa de Trapero (EA 127). Rejtman ni siquiera era mencionado. Sin duda, Martel fue la más legitimada –y no sólo por nosotros– entre los talentos del nuevo cine argentino.

Sobre Rejtman se sostuvo en EA que su cine se plantaba sobre la “nada” y el “vacío”. Siempre estuve en desacuerdo con esto: en el cine de MR hay una suerte de aventura original sostenida con múltiples códigos inéditos. Sus películas se vaciaban, pero de la retórica que en esos tiempos asfixiaba al cine argentino. Porque MR construyó su obra con la fe puesta en un nuevo intercambio, en una transacción distinta entre el espectador y la película. Y las transacciones extrañas son moneda corriente en sus historias: se paga en un kiosco con fichas de videogame (Rapado); primero se presta, luego se regala y finalmente se vende un saco Armani (Silvia Prieto, 1998); una cierta cantidad de viajes en remís sirven para pagar un alquiler (Los guantes mágicos). Una forma de intercambio distinta entre objetos y personajes que construyen un mundo con reglas propias. Pero esta nueva lógica de Rejtman empezó más marciana de lo imaginado con Doli vuelve a casa (1984), su primer corto que fue terminado para estrenarse en el último Bafici y fue una gran revelación: el nuevo cine argentino es más viejo de lo que creíamos, cumple 20 años. Si Rapado fue juzgada “aburrida” por su postura contemplativa, en Doli vuelve a casa los planos estáticos eran mucho más distantes y recordaban al Fassbinder de Katzelmacher. Planos largos sin diálogos y casi sin movimiento, pero la duración del encuadre no era tiempo muerto ni inservible, era recuperado por el humor y/o el desconcierto. Ese es el timing del chiste y/o la melancolía rejtmaniana. No hay personajes mirando al techo, ni aburridos; se encuentran, hablan, se miran, se preguntan, esperan, hacen. Por otro lado, sí coincido con la idea de levedad que las críticas adjudicaron a las películas de MR. La levedad es un valor ineludible de su obra, funciona en contra del subrayado de un cine argentino de ayer y de siempre. En Rejtman no hay rastro de la más mínima gravedad argumental, estética, cinematográfica. Como en general sucede con Bresson y Kaurismäki, las películas de MR tienen un ritmo propio sin contrapuntos, que sostiene y da cohesión a la puesta en escena, al montaje y a la cadencia de las voces. Aunque en la secuencia de montaje de Los guantes mágicos sí aparece un ritmo más veloz y es el primer gran contrapunto en su cine. Es que tampoco se puede decir que Rejtman haga siempre la misma película. En su obra hay más desarrollo que estancamiento. Rejtman extrema su universo de película a película, incorpora más elementos, agiganta. Del minimalismo de Doli vuelve a casa a las tramas y los personajes de Los guantes mágicos, que incluye escenas donde interactúan un grupo de actores porno con todos los protagonistas más otros desbordes humorísticos. De Rapado a Silvia Prieto se sumaron diálogos más intencionados y cargados, una voz off, desviaciones y relaciones extrañas. En cada nueva película, Rejtman suma posibilidades expresivas, se arriesga a más. En 20 años, con un corto y tres largos, hay un trayecto con variantes y variables cinematográficas dentro de sus reglas de juego. Unas reglas que tienen que ver con conservar una distancia que da un espacio y un tiempo (el plano general de larga duración) a cada situación, posibilitando una cierta forma de libertad relacional entre los personajes y el contexto (especialmente, el importante mundo de los objetos: motos, muñequitos, tapados, trajes, autos, etc.). Rejtman no vigila ni castiga a sus personajes y espectadores, les da una cierta forma de libertad, alegre y melancólica, para que realicen con placidez sus nuevas transacciones. Los conflictos se deshacen sin apuros, no hay urgencia dramática ni de sentido para Rejtman. Su cine, sus personajes y sus imágenes no se resuelven en el ahora, se deslizan en el tiempo. Que no es lo mismo que llegar tarde ni ser lerdo; más bien tiene que ver con resistir, permanecer y durar.

Rey muerto, La Ciénaga y La niña santa tienen muchas urgencias. Hay siempre un pasado determinante y un conflicto a veces sigiloso, a veces estridente; pasado y conflicto que estallan en cada uno de los encuadres y piden una postura inmediata. Ojo y oído de Lucrecia Martel encuentran esos momentos donde se tensan todos los hilos que manejan y unen a sus personajes. Con La Ciénaga llegó a convertirse en una marionetista de piolines tirantes. Cámara y micrófono de LM eran detallistas y sintéticos: se acercaban hasta encontrar las migajas de la pasión, del dolor, del ridículo, de la inocencia. Y conjugaban esos fragmentos en juegos de simetrías perfectas, oposiciones trágicas y similitudes veladas. La Ciénaga partía de la línea realista del nuevo cine argentino, pero la desarticulaba con una extrañeza imprevisible y con la superposición de un ciclo trágico, un tour de force profanador: el personaje conductor de la historia, Momi, primero le agradecía a Dios y sobre el final se desencantaba cuando la Virgen no se le aparecía, no se producía el milagro. En La niña santa parte de la misma idea: Martel hace nuevamente una hagiografía pornográfica, sus ángeles siguen teniendo sexo y deseo. Este mismo punto de partida válido y personal de La niña santa tiene un desarrollo menos cargado que La Ciénaga. En su segunda película, Martel tiende a simplificar las cosas, a reducirlas. A diferencia de Rejtman, su universo se achica, se vuelve más microscópico, más simple. Hay menos personajes, menos juegos entre los fragmentos, menos complejidades narrativas y visuales. Incluso, LM se atrinchera en una cámara situada demasiado cerca de los personajes, casi como vigilante, donde todo momento fugaz se subraya con cierta ampulosidad. Hay demasiada gravedad. No es una película poco lograda, pero lo que fluía en La Ciénaga, la ligereza que adquiría un sentido trágico, en La niña santa es un dilema moral desde el principio que señala todo el tiempo a La Ciénaga, hasta el punto de compartir demasiados detalles, pero sin lograr nunca la sustancia y el peso específico de aquella. Hay originalidades, pequeños momentos increíbles y su oído puigiano (por Manuel) sigue intacto. LM hace una película de afirmación de su universo, cuando La Ciénaga ya era autosuficiente y no necesitaba ningún apéndice o cuaderno de bitácora que señale sus hallazgos. Martel parece un poco atrapada por su talento, que es indiscutible. La niña santa no es una película mala ni mediocre, es un muestrario estable y lúcido de la escritura Martel, una de las más valiosas que dio el nuevo cine argentino. El único problema es que La Ciénaga ya era eso, pero además era casi un milagro.

En este número se equilibra una situación: al dedicarle la tapa a Los guantes mágicos, la revista se pone por primera vez la camiseta Martín Rejtman. Se salda una deuda con el nuevo cine argentino, con uno de sus fundadores. El Amante elige jugar en este equipo, aunque algunos de los redactores prefieran vestir la camiseta Martel, Trapero, Carri, Caetano, Alonso, u otros directores que ya tuvieron sus merecidas tapas. El campeonato está planteado, hay que ver para quién se juega y en el clásico de este mes, Martel vs. Rejtman, yo también me pongo la camiseta Rejtman. Pero, aclaro, esta competencia sólo se puede dar hoy porque son oponentes válidos, porque se enfrentan de igual a igual. Y es un gran momento poder ver y discutir el cine argentino de una manera dignamente deportiva. Ahora podemos confrontar películas buenas y pensar obras de algunos cineastas jóvenes en toda su dimensión: pasado, presente y futuro. Eso se llama una cinematografía plena. Hay un tiempo que es hermoso: hoy.

Por Diego Trerotola
Publicado el 15/05/2004 en www.elamante.com





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