El crimen
de Oribe: ópera prima de Leopoldo Torre
Nilsson
por Alejandra Blanco |

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El crimen de Oribe
Argentina, 1949
Dirección: Leopoldo Torres Ríos y
Leopoldo Torre
Nilsson
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En 1947, basándose en un cuento de su autoría -El
muerto-, Leopoldo Torre Nilsson realizó su
primera participación como director
cinematográfico. EL Muro, cortometraje de
vanguardia, con un lenguaje por momentos ingenuo,
contenía algunos elementos que con el paso del
tiempo se transformaron en los elementos
constantes de su carrera como director. Torre
Nilsson definió a El Muro como un
pecado de juventud. Viendo el film en
perspectiva se lo puede distinguir como el primer
rechazo comercial y como una tentativa de crear
entre nosotros un cine de experimentación. En
1949, junto con su padre, Leopoldo Torres Ríos,
dirigió su primer largometraje: El crimen de
Oribe, basado en la novela El perjurio de
la nieve de Adolfo Bioy Casares. El miedo a
crecer y a salir al mundo para enfrentarlo,
motivo central de esta ópera prima, mantendría
luego una relación de intertextualidad con casi
toda su filmografía. En el contexto de
realización, detener el tiempo significaba para
gran parte de la sociedad argentina frenar
(aunque sea simbólicamente) los embates
violentos del poder, tanto como la inseguridad
acerca del propósito de una clase popular en
emergencia.
Hoy en día, El crimen de
Oribe puede ser comprendido como el germen de
un proceso conceptual y expresivo, que luego se
plasmaría en plenitud en La casa del ángel
y convertiría a Torre Nilsson en un creador, en
un autor capaz de brindar al cine
argentino una interpretación propia del mundo.
En el marco de la denominada Generación
del sesenta o Nuevo cine
Argentino, la actitud de Nilsson y de otros
jóvenes realizadores estuvo orientada a plantear
una crítica aguda de la realidad y de los
modelos cinematográficos circulantes.
Rápidamente, Torre Nilsson se transformó en
maestro, en líder de esa nueva generación que
se caracterizó por su concepción del
acercamiento entre el idioma cinematográfico y
la literatura de su época; por la veracidad de
la indagación de la realidad cotidiana y por el
anticonformismo de sus obras: David José Kohon (Prisioneros
de una noche y Tres veces Ana); Manuel
Antín (La cifra impar, Los venerables
todos, Circe); Lautaro Murúa (Shunko
y Alias gardelito); José Martinez
Suarez (El crack y Dar la cara);
Fernando Birri (Los inundados), fueron los
máximos exponentes de ese grupo.
Durante la primera
industrialización, hacia 1933, coincidiendo con
el período de expansión del cine sonoro, el
modelo tradicional era el cine de formato
genérico. El melodrama y la comedia eran
entonces las expresiones básicas, con las
variantes paralelas del tango, las estrellas de
moda, el folletín de la radio, la reminiscencia
histórica del país, el teatro y la novela
convertidos en argumentos de cine. Los enunciados
eran simples. Luego de una década, hacia 1950,
en el marco de ese modelo, un conjunto de
películas (La cabalgata del circo, 1944,
Mario Soffici; Danza del fuego, 1948,
Daniel Tinayre, son algunas de ellas) comenzó a
crear tensiones y, como sostiene Claudio España,
poner el film en emergencia. En ese
momento, la renovación de los parámetros
clásicos coincidió con otros fenómenos
estructurales, tales como el cambio de las
condiciones de recepción y la emergencia
de nuevas prácticas de producción y
distribución de las películas. En ese contexto,
Leopoldo Torre Nilsson dio a conocer su ópera
prima.
Bibliografía
España,
Claudio: Cine Argentino. Industria y
clasicismo II. 1933-1956. Claudio España
(Director), Buenos Aires: Fondo Nacional de las
artes, 2000.
Martín,
Jorge Abel: Los films de Leopoldo Torre
Nilsson., Buenos Aires: Corregidor, 1980.
Torre Nilsson, Leopoldo: Cuadernos
del Museo del cine, Año Y, N 3, 1979.
Peña,
Fernando: Los directores del cine Argentino.
Leopoldo Torre Nilsson. Buenos Aires:
Centro Editor de América Latina, 1993.
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