La piscina
(François Ozon, Inglaterra
Francia, 2003)
por A. Harris

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Lo primero que hace Sara
Morton es negar su identidad frente a una
lectora que la descubre en el
subterráneo, entre la multitud. Ella no
es esa escritora de mal genio devorada
por el éxito de su saga de novelas de
misterio, no quiere serlo. Entonces un
viaje, el procedimiento menos ingenuo: un
viaje siempre es un cambio o al menos su
búsqueda. Ahora en Francia, una casa con
historias guardadas y una piscina oculta
en el jardín. Basta con que Sara
descubra apenas la piscina (ese enorme
espejo infiel) para que emerjan las
historias y la imagen se desdoble en
miradas y reflejos. |
Desde el balcón (un
artefacto para mirar) Sara ve a Julia nadar o se
ve a si misma haciendo las cosas que ya no se
permite hacer. Lo que sigue es el desarrollo de
esa relación tan antagónica entre una mujer que
mira y una mujer que hace. De cómo se sintetizan
esos roles y sucede una trama de crimen y
misterio de tintes casi paródicos. Con un
camarero que desaparece y una enana que enfatiza
un antiguo accidente. Es muy difícil que la
historia de alguien que escribe (de alguien que
crea historias en general) no caiga en la
tentación de querer desarticular las propias
maneras de contar. Y nos ponga a los espectadores
en ese lugar siempre tan feliz en el que se puede
disfrutar de las formas y los contenidos como una
sola cosa que se une y se desune.
Al final, por si hiciera falta,
una escena lo explica todo. Subrayando el lugar
de la mirada, que es la que construye y da
sentido, la que crea cosas que tal ves nunca
existieron.
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