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El deseo como misión: una lectura de La niña santa (Lucrecia Martel, 2004)
por Vilma


Desde la primera imagen, un plano medio de varias chicas mirando hacia un fuera de campo - que coincide con nuestro lugar de espectadores -, se nos enfrenta a la mirada de Amalia quien va a ser la que guíe el relato. Esta situación se va a repetir en la película en distintos momentos, por ejemplo cuando vemos un grupo numeroso de gente frente a la vidriera del teremin - que no es un órgano sino un instrumento que esconde un gran misterio: emite sonido sin que se lo toque -, allí entre lo visible y lo no visible, Amalia encuentra su misión.

De los planos cargados de gente se pasa a primeros planos o planos detalle de rostros, nucas, espaldas. Vemos cómo Amalia se fascina con la visión de la nuca de Jano, vemos cómo Jano se detiene a mirar el escote en la espalda de Elena encuadrado por la ventana. El cuerpo se muestra por lo que oculta. La cámara - como la niña santa - busca, persigue y se pega a su objeto de deseo.

El hotel, como la casa de La ciénaga, está constituido como un espacio cerrado en sí mismo, aislado en cierta forma del mundo externo. Pero este espacio cerrado es, en su interior, abierto. Todas las puertas se abren y cierran constantemente - pareciera que no hay lugar para el escape de la mirada femenina. Amalia tiene un acceso total a la habitación de Jano, por ejemplo. Este borramiento de los límites, a su vez, se puede observar a nivel del plano, en el trabajo con el fuera de campo que invade el campo visual: predominantemente desde lo sonoro - la canción del comienzo del film y el murmullo del final, el sonido del teremin como marco de los primeros encuentros entre Jano y Amalia y entre éste y Elena, los ruidos que hacen los chicos, el sonido de la goma de la zapatilla de Amalia, el ruido del caño de la pileta, etc.-, pero también desde lo visual - gente que pasa por delante de la cámara en el salón del hotel, la mano de la profesora de catequesis marcando el ritmo, etc.

¿Cómo vehicular el deseo? Sería la pregunta que conduce el relato. Cada personaje hace lo que puede con él, confundirlo con misión religiosa como Amalia, evadir los cuestionamientos como Josefina, expresarlo impulsivamente como Elena, no resolverlo como Fredy, o no controlarlo como Jano. La virtud de Lucrecia Martel es depositar una tarea grande en el espectador, ya que La niña santa se constituye como una obra abierta. La respuesta queda flotando, mientras Amalia y su amiga Josefina nadan en la pileta de agua termal canturreando alguna cancioncita hasta salir del plano.




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