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La noche de San Lorenzo (Paolo y Vittorio Taviani, 1982)
En el camino

por Jeff Bailey


"¡Felices los que sufren con unidad! Aquellos a quienes la angustia altera pero no divide; que creen, aunque sea en la descreencia, y pueden sentarse al sol sin reservas de pensamiento." Fernando Pessoa.

A través de la ventana la noche azul y negra. Asoma claridad en la profundidad de un cuarto donde alguien recuerda. La cortina apenas tiembla con el soplido de una brisa. Una voz de mujer nos cuenta, como si fuésemos niños prestos a dormir, lo que sucedió años atrás cuando se acercaba el fin de la segunda guerra mundial.

La película de los hermanos Taviani relata la historia de los habitantes del pueblo de San Martino. En realidad, de un grupo de habitantes que decide partir en búsqueda de soldados norteamericanos ante el peligro de posibles ataques alemanes. Emprenden entonces el camino, en la oscuridad de la noche, encabezados por el gran padre de la comunidad Galvano Galvani (Omero Antonutti). Hay que ver a la turba vestida íntegramente de negro, emprendiendo la incierta marcha, de luto tras tener que abandonar el amado "paese".

Si hay algo que aglutina a estos seres desde el comienzo hasta el final del viaje es la esperanza, de sobrevivir, de sobreponerse al miedo mediante la unidad. Los Taviani los retratan con la más absoluta sinceridad, dejándolos ser ante la cámara. Y esta sensación la transmiten a partir de una puesta en escena donde se trabaja a fondo la teatralidad y la perspectiva frontal con puntos de fuga centrales. La cámara se dispone ante los personajes adoptando siempre el sitio necesario para expresar mejor sus sentimientos, a través de su gestualidad y su relación con el entorno. Y allí se queda, muchas veces inmóvil, esperando a que el cuadro termine de componerse. Crear un cuadro para los Taviani es poblarlo con seres humanos, la naturaleza vive y adquiere sentido sólo cuando el hombre la habita, la recorre, la vive. Después los hombres se alejan hacia nuevos senderos pero la cámara permanece unos segundos más, como dormida, negándose a abandonar un árbol o un río con los que ya se ha encariñado.

El relato posee en general un estilo que podríamos denominar realista, pero los Taviani constantemente se desvían de ese canon representativo con una libertad e imaginación sorprendentes. Así ocurre en una secuencia fundamental de la película. Esa noche se encuentran reunidos esperando a que se hagan las tres de la mañana, hora en que los alemanes prometieron destruir sus casas. La cámara se detiene brevemente sobre algunos personajes realizando un travelling lateral. Frente a ellos conocemos sus más íntimos deseos expresados mediante el monólogo interior - este procedimiento ya había sido usado en Padre Padrone (1977) en la escena de la escuela-. Sus pensamientos se relacionan con los deseos de regresar a sus casas o quizás la esperanza de su posible destrucción para empezar una nueva vida. Durante la explosión la cámara se acerca poco a poco a las orejas de los personajes hasta que éstas quedan en primer plano. Por último, en un de los fragmentos más tristes del film, el grupo se deshace de las llaves de sus hogares. Nuevamente el uso del primer plano, palmas que se abren dejando caer las llaves sobre la tierra, desprendiéndose de parte de sus vidas en un sólo acto. Sobre este tipo de planificación se construye la película, los primeros planos o planos detalles multiplican su expresividad al ser utilizados en pocas oportunidades en momentos claves de la narración.

Y así continúa el pueblo, andando aquellos caminos que los conduzcan hacia la libertad. En el viaje habrá nuevos encuentros pero también habrá pérdidas. Sin embargo, nunca la tragedia se explicita en estallidos nerviosos, ni en peleas, ni en furiosos gritos. El sufrimiento de la guerra, la irremediable muerte de tantos seres queridos, parece ser un sentimiento que cada uno ha asimilado profundamente con el correr del tiempo. Entonces, tras la caída de un compañero o la muerte de un familiar, devendrá un silencio oscuro, una mirada extraviada, un breve descanso, y la consecución del camino, única forma de mantenerse vivo y mitigar el desconsuelo.




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