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Tiempo de valientes – En un país serio
por Marcos Adrián Pérez Llahí
Es evidente en la película de Szifrón, aunque no salte a la vista y moleste al genuino disfrute,
una entera autoconciencia de su condición, la de inscribirse en
una cinematografía nacional (específicamente la argentina y no
otra) desde una textura (una mezcla de géneros) que la rebalsa. Si
Tiempo de valientes no es un epígono barato (periférico) de
Arma mortal (película que existe en la diégesis del film),
menos tiene que ver con su excelente factura técnica que con un
uso productivo de esa cinefilia popular que de algún modo le esta
dando origen. El afiche, como cualquier buen afiche, es la clave
para leer el film.
Se descarta entonces que se
trata de un film inteligente, que sabe lo que hace y sabe lo que
es. Con registro de comedia, el film cuenta una ficción que
transcurre en Buenos Aires y atraviesa instituciones que están en
el centro de la reciente historia violenta del país. Necesita de
esas instituciones, no puede prescindir de ellas para lo que va a
contar, esa suerte de policial en sorna de cuño tan hollywodense.
Pero las instituciones son las de acá. Porque Tiempo de
valientes es un film argentino, “moralmente argentino”.
Como hacer convivir la realidad
de un país jalonado por el terrorismo de estado con el carácter
conservador y normativo del genero, es la pregunta que cualquiera
que pretenda rodar un policial en Argentina debería hacerse
primero. No hacérsela, soslayar esa contradicción, es un acto
inmoral. Creo que Tiempo de valientes logra esa
convivencia, creo que Szifrón se hizo la pregunta.
¿Como explicarle a un
espectador de hace veinte años, que el momento más hilarante de un
film nacional sucede cuando un agente de la SIDE irrumpe
violentamente en un domicilio particular, el de una pareja judía
para más datos?
Pudiendo no
hacerlo, pudiendo ubicarse en el cínico lugar que le ofrece las
formas de entretenimiento global de las que finalmente se está
valiendo, la película elige hacerse cargo de lo que está contando.
Creo que el gran paso de Tiempo de valientes esta en haber
logrado un ejercicio de la memoria por fuera de la denuncia
directa. Rompiendo una agenda en la que había cosas con las que
“no se podía jugar”.
Para poder llevar adelante su “sueño del pibe
que ama el cine”, Szifrón tuvo que negociar entre la triste
realidad de este arrabal malogrado y las brillantes luces de
California. No perdiendo nunca de vista la responsabilidad moral
que le impone ser un director argentino contando una historia
sobre las instituciones de su país.
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