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Especial BAFICI 2005

por Marcos Adrián Pérez Llahí


 
 

Vibrator (Ryuchi Hiroki)


Una road-movie triste y melancólica sobre una pareja de solitarios que se abrigan mutuamente y atraviesan el invierno japonés en un camión, por un paisaje que parece un eterno suburbio. No hay nada iniciatico ni revelador, sólo la rutina de un camionero cortada por una compañía ocasional. Y la aventura de trasladarse, a ninguna parte.

 

Esquizo (Guka Omarova)


Si fuese argentina no habría forma de verla. Aquí el tema es la marginalidad, tratado con importante convencionalismo, pero en vez de transcurrir en el Gran Buenos Aires, lo hace en la desolada estepa del Kazajstán, un lugar donde parece que todo pasó hace mucho tiempo. Ayuda el extrañamiento, y el tío del muchachito, que se dedica a robar cables de alta tensión sin saber si están o no en funcionamiento, se gana un Mercedes tras un combate callejero convenientemente adverso que luego vende a los gitanos en una feria.

 

Islands (Albert Maysles; David Maysles y Charlotte Zwerin)


A Christo Javacheff, el artista búlgaro escapado a los Estados Unidos, se le dio por envolver cosas en los ochenta; cosas grandes. Allá el Pont Neuf; aquí unas islas en el turístico litoral de Miami. Es divertido asistir a los trámites burocráticos, teñidos de chapuceras discusiones sobre arte o de discusiones sobre arte chapucero. Christo pidiendo disculpas antes de decir "sociedad capitalista". Las imágenes del Reichstag en invierno (el de la guerra fría), tan solo, junto a la “llamada cortina de hierro”. Documento del efímero arte de la intervención.

 

Hyenas (Djibril Diop Mambety)


Parece el África de una publicidad de Coca Cola; en sus colores, en su diseño. Es que se trata de una comedia y de una parábola. De un mundo estilizado, que significa. El problema es no tener en claro el referente, y no poder asegurar dónde termina la película y dónde comienza Senegal. El film está hablado en lengua wolof y los subtítulos al español son del color de la arena del Sahara. Todo un desafío para los sentidos, para la vista principalmente.

 

Day and Night (Simon Staho)


No es un secreto: Thomas se va a pegar un tiro al final del día y la cámara no va a bajar del auto en la hora y media que dura el film. Es información que la película y su difusión se encargan de avisar. El interés está, entonces, en los encuentros que van a suceder en ese supuesto Volvo; ese último día. En saber al menos quién es el que va a morir, ya que la razón última de un suicidio es siempre un misterio. Teniendo en cuenta la obstrucción capital con la que trabaja (la cámara no cambia nunca de posición y sólo se mueve sobre su eje), bien se mantienen el interés y la coherencia, en base a diálogos reveladores de secretos más o menos negros. Y hasta es más larga que otros proyectos de menos riesgo.

 

Ronda nocturna (Edgardo Cozarinsky)


La balada de un regreso. Y encontrarse con una ciudad distinta a la que dejamos. Esta noche de Buenos Aires está tocada por esos detalles que sólo la distancia permite ver. Como el reverso de un mito tanguero que, con el correr de las horas, va dejando ver sus mecanismos de fantasía. Como un sueño un poco venido a menos.

 

Spying Cam (Whang Sheol-Mean)


Para cuando nos enteramos de la razón por la que esos dos hombres estuvieron compartiendo una habitación casi vacía por más de media película, todo ese tiempo transcurrido pierde un poco de sentido. Y entonces es un film político. Casi al final.

 

Two-Lane Blacktop (Monte Hellman)


Película de carretera de hace 35 años, de una morosidad entrañable. Todo un recorrido por pueblos perdidos del sur profundo de Norteamérica, a la hora de la siesta. Tras la función el propio Hellman, como justificándose, denunció una influencia bergmaniana. Hay algo de eso. Y la extrañeza de estar viendo una película sobre cultura juvenil, tan poco interesada en maltratar los sentidos.

 

Wall (Simone Bitton)


Ante el discurso abrumador y hegemónico del montaje televisivo, este documental  recupera del plano secuencia su necesidad política. A la longitud del muro, la longitud del plano, la necesidad de mostrar la ignominia en toda su extensión. Y su construcción, y su desigual padecimiento. Los testimonios están encabalgados en esas imágenes enormes que tanto se esfuerzan por mostrar. Y tanto agradecemos.

 

The Heart is Deceitful Above All Things (Asia Argento)


Dicen que Asia Argento filma el drama del modo en que su padre filmaba el terror, con la estridencia de la desmesura. La historia es terrible, casi imposible de ver, soportable un poco por la distancia que genera la narración y la dignidad que núnca pierde el pequeño protagonista.

 
 

L´Esquive (Abdellatif Kechiche)


Con las mismas armas, y el mismo guión, podrían haberse hecho (y de hecho se hacen) las más grandes estafas al espectador, o el más intrascendente producto de la industria, o las dos cosas al mismo tiempo. Pero se cruzó cierta sensibilidad y quedó esto: Una leve historia entre adolescentes de un suburbio árabe de París. En la forma en que se resuelve el conflicto sentimental que lleva adelante la acción; en esa decisión, puede leerse todo el compromiso de este film, y puede volverse a leer todo lo que hasta ese momento vimos, que no deja de ser tan bello como sincero.

 

Cándido López, los campos de batalla (José Luis García)


La guerra de la triple alianza y la de su – luego - ilustrador oficial Cándido López, son mucho más interesantes que este documental perezoso y sin mucho vuelo. Vale sí como documento sí del estado actual del Paraguay y de su acervo perdido, de la aniquilación cultural y económica de la que fue en su momento la nación más  próspera de América del Sur.

 

The World (Jia Zhang-ke)


El problema es el lugar. Hay un parque de atracciones con miniaturas de los iconos arquitectónicos de occidente, en el que transcurre casi toda la acción, y una puesta en escena que se encarga de connotar ese paisaje artificial. Es como una desmitificación del turismo. Un intento desmedido por cualificar el espacio, por trazar una geografía de los sentimientos.

 

Palindromes (Todd Solondz)


Los juegos narrativos, el ácido humor, la ausencia total de concesiones, el ánimo de permanente provocación; recurrencias en el director que esta vez se complotan para producir algo demasiado grotesco, que de tanto impacto visual no permite pensar las cosas. Como un juego para los ya iniciados en el culto, no ausente de cierta demagogia.

 

Fallen (Fred Kelemen)


Una Blowup de provincia. En blanco y negro con tomas muy largas y lentas. La misma irresponsabilidad que se convierte en culpa, aunque esta vez con interrogantes mas pasionales que metafísicos. Y una vuelta de tuerca final, casi tan innecesaria como cualquier vuelta de tuerca.

 

Después de la tierra (Luciano Bertone)


Durante una hora, dos muchachos en edad universitaria dialogan, ya que no discuten, entorno a la muerte, mientras viajan por la ruta. Lo hacen de un modo claro (hasta muy prolijo) pero no me animo a decir pretencioso, porque creo que no lo es. En otro lugar, dos hermanas ( y la prolijidad ahora está en la luz que deja verlas) hacen lo mismo pero de un modo más cotidiano o menos reflexivo, o será que son menos pretenciosas. Si la angustia, o el sopor, no llegan pronto puede ser por esa alternancia, ciertas ideas visuales, o por sus escasos 64 minutos.

 

Five (Abbas Kiarostami)


Cinco largas tomas dedicadas a Yasujiro Ozu. Cuatro de ellas con la cámara fija. Tres de estas mirando el mar. Funciona como una suerte de tesis sobre los límites del cuadro de la imagen y sus posibilidades expresivas. Un trabajo exquisito. Y nada más. Escribir algo más sería mentir. Five es el tiempo que te lleva verla. Es tiempo filmado. Pura subjetividad.  Como una comunión con la pantalla. 

 

Toro negro (Pedro González Rubio y Carlos Amella)


El toro negro es Fernando Pacheco, un joven de Yucatán que se emborracha y entra al ruedo a buscar la gloria o la muerte. El documental pretende sorprender del modo más televisivo. Vemos en el principio cómo un grupo de hombres comenzó a despostar un animal, y luego el detalle del ojo del bovino que aún se mueve. Imponer ese orden a los planos en ese momento crucial, es una decisión obscena. Antes de empezar un cartel informa, para espantar a las señoras, no veo otra razón, que todo lo que vamos a ver sucede "apenas a 100 kilómetros del turístico puerto de Cancún". En su ley el film se encariña con la vida personal del "torero", en detrimento de su actividad, y allí se queda la cámara, para mostrar las miserias cotidianas de un marginal y hacer con ellas un culebrón de la realidad.

 

Tropical Malady (Apichatpong Weerasethakul)


Hay dos historias que en realidad son una, y un amor muy intenso que las une. Y Tailandia que parece, por momentos, un lugar casi virgen, como el cine de Weerasethakul, que no se parece a nada.

 

 

8 años después (Raul Perrone)


En el catalogo dice que el director no había visto Antes de atardecer previamente al rodaje de esta película. Estamos entonces frente a una de las coincidencias más grandes de la historia del cine.

 

Vida en falcon (Jorge Gallero)


No hay necesidad de subrayar nada: un viejo que vive en un falcón destartalado a pocas cuadras de la que solía ser su casa, en su cotidianeidad, en su resignación. Imagen cabal y sincera de estos últimos desventurados años de la patria.

 

Samoa (Ernesto Baca)


Son todas imágenes más o menos reconocibles pero tan atravesadas por el dispositivo que se vuelven luz y sonido. Y al final aparece el dispositivo (La imagen de un proyector funcionando), y se termina la cinta en esa puesta en abismo, y luego se termina realmente la cinta (la del proyector que no vemos) y se encienden las luces. Y abandonamos la sala.

 

4 (Ilya Khrzhanovsky)


Entran tres personas a un bar (y son cuatro con el cantinero), quién sabe a qué hora de la madrugada de Moscú. Son sólo los primeros minutos, luego seguimos a los personajes (a esos tres personajes) de un modo arbitrario y caótico. Con un espíritu libre, lúdico y provocador. Como el que informa claramente el primer plano de la película o esa bacanal de ancianas, con chanco y vodka, casi al final del film. Muestra de un cine actual y feroz.

 

Soy Cuba (Mikhail Kalatozov)


El realismo socialista es claro. Hay un malo, un bueno y uno al que hay que convencer. La extensión tampoco es tan desmedida, teniendo en cuenta que se trata de un film de episodios, como otros con las mismas y preclaras intenciones doctrinales. La fotografía es de otro planeta, un ejemplo de perfección, y los prodigios de la cámara son increíbles, desmesurados, arbitrarios y bellos. Monumento arqueológico de un cine que ya no puede ser.

 

El cielo gira (Mercedes Álvarez)


En un caserío de Soria, en medio de un paisaje casi patagónico, sólo queda un grupo de ancianos viviendo. Es uno de los lugares más despoblados de Europa, atravesado por dos mil años de cultura occidental que allí quedaron como capas descubiertas latiendo a ras del suelo. Documental un poco largo, pero repleto de testimonios hermosos. La clase de paleontología del inicio, la charla sobre las preferencias en lo que hace a eclipses; todos.

 

Géminis (Albertina Carri)


Pequeño gran drama con fondo de clase alta. Marteliana, a su modo, por momentos y en esa idea de la familia. Cierto trazo grueso a la hora de la crítica social. Al final hay un momento de montaje muy acertado.

 

 

Monoblock (Luis Ortega)


Una masturbación cinematográfica. Ortega cree que es un (gran) artista y tal vez lo sea; esta acumulación de pesadillas, triste juego tan íntimo como superfluo, pintado para la ocasión, no aclara nada, su levedad es a toda prueba. Como una cita de autoridad, con letras grandes y ostentosas, el autor le dedica el film a Leonardo Favio.

 

Relatos desde el encierro (Guadalupe Miranda)


Como documental es bastante convencional. Mas interesado, su nombre parece advertirlo, en escuchar, que en mostrar. Los testimonios son muy interesantes. Como el de la muchacha, divertida y aventurera, a la que agarraron con 135 kilos de marihuana en la camioneta. Producto televisivo que, con cierto esfuerzo, evade las cuotas de cinismo, irresponsabilidad y abyección que imperan en el medio.

 

Mongolian ping-Pong (Ning Hao)


En esta película china que transcurre en Mongolia (ajetreado país de instituciones aun en ciernes) el tema es la identidad, la tradición, la modernización. Todo a través de los ojos incautos de un niño inquieto. De fotografía cuidada en exceso (por no decir preciosista) y sin muchas ideas por fuera de la pintoresca ilustración de las familias nómades de la llanura asiática.

 

Mutant Aliens (Bill Plympton)


Los largometrajes de Plympton resultan forzados, demasiado pendientes de unas ideas visuales que mucho mejor lucirían en la condensada narración de un corto. Comparase la morosidad del film con la risueña, efectiva, escatológica poesía de Eat, breve pieza que acompañaba la exhibición de esta película.

 

Temporada de patos (Fernando Eimbcke)


Comienza como una estudiantina insípida que amenaza con aburrir mucho. Aunque núnca convencional (en su planificación, en su puesta en escena), no pierde el tono ligero, aunque siempre buscado. Aparece la diversión en las relaciones de sus personajes pre-adolescentes, y luego en el matiz lisérgico que adquiere la narración, en feliz sintonía con los hechos narrados.

 

Control (Nimrod Antal)


Una Moebius húngara. No. La opera prima de un muchacho, tentado como tantos por el misterio urbano del subterráneo, que quiere triunfar en Hollywood. Un ligero entretenimiento bajo los pisos de Budapest. Hay humor y se promete acción, pero la historia se pierde en un tono existencial y, cuando parece que ya no tiene remedio, se corta con un final de piloto automático. Sólo faltaba Bruce Willis. Detalle risueño: Antes de iniciarse la ficción, la imagen “documental” de un empleado de la compañía de subtes, advirtiendo que los inspectores que se van a ver en la película no se parecen a los verdaderos.

 

Aftermath (Paprika Steen)


Historia de un apareja (o dos), en torno a la ausencia. La peor de las ausencias: la muerte de un hijo adolescente. La historia podría ser de Hallmark, pero un tratamiento medido la convierte en una película consistente y hasta buena.


 

The Wayward Cloud (Tsai Ming Liang)


Este hombre está obsesionado con el agua en todas sus formas, desde un paraguas hasta una sandía (que en inglés se dice melón de agua); y con la ausencia de ella, claro, como esas nubes pintadas en el techo de la habitación, esas nubes obstinadas. Digamos que está obsesionado, está obstinado, con los líquidos en general, con la humedad, con las emanaciones. Y ese es el tema del film, inscripto sobre una trama mínima y contado desde una hibridez formal militante. Las secuencias musicales son de una belleza que ronda el delirio. El final es sencillamente apoteótico.

 

Darwin´s Nightmare (Hubert Sauper)


Hace algunos años alguien introdujo una especie nueva en el lago Victoria y el ecosistema se destruyó para siempre. Este animal de dimensiones bestiales acabó con todas las demás especies que vivían en el lugar. La supervivencia del más apto. Ahora esa carne, que es mucha, se exporta hacia Europa mientras en el lugar cunde el hambre. ¿La supervivencia del más apto? La película entiende a la sociedad (capitalista) a partir de la metáfora darwiniana (igualando especies con procesos económicos y políticos). El documental se ocupa de ilustrar esa homología, esa rima infame, del modo más abyecto posible, para mejor indignar a los ojos bienpensantes de occidente.

 

The Big Red One (Samuel Fuller)


"En esta playa hay dos clases de hombres: los que están muertos y los que están por morir". No es un film pacifista, es una enorme épica sobre el absurdo de la guerra. Que por absurdo no deja de cobrar víctimas. "Vidas ficticias basadas en muertes verdaderas". Una maravilla.

 
 

Soy Cuba: El mamut siberiano (Vicente Ferraz)


Para quien gusta del cine, los documentales sobre las películas son siempre disfrutables. El valor emblemático de Soy Cuba lo hace todo aún mucho más interesante. Las condiciones sumamente especiales de su producción lo vuelven todo aún más divertido. Divertido y representativo ejemplo: El episodio del viejo que no sabía tocar la guitarra, que dio lugar a la composición de un clásico del repertorio popular latinoamericano, canción triste.

 

Gimme Shelter (Hms. Maysles y Swerin)


El evento: el malogrado concierto que los Rolling Stones intentaron dar en Altamont (trágico colofón de los “felices sesenta”); y su registro: parte del “cine directo” que los hermanos Maysles profesaban, son caras de una misma moneda: resabios de una época visualmente más simple, menos cínica, más austera.

 
 

L´Amant (Ryuichi Hiroki)


Hay tres tipos estériles que contratan a una adolescente como esclava sexual por un año. Lo que sigue es el registro de ese año de un modo elíptico y pausado. Con ribetes que pisan el melodrama. Pero no es un melodrama.

  
 

Chats Perches (Chris Marker)


Este video fue realizado por un viejo sabio, que a sus ochenta y tantos años, supo ver en una intervención callejera (unos gatos pintados subrepticiamente por las calles de París), el lugar desde el cual la cultura resiste. Y contar a partir de eso, el pulso político de la ciudad mas inquieta del mundo.

  
 

The Corporation (Mark Achbar y Jennifer Abbot)


Largo documentales de tono didáctico. Con el tema abordado en la primera media hora se podría haber hecho otra película más corta, más reflexiva, pero seguramente menos divertida. Cuando aparecía Chomsky en pantalla alguien aplaudía en la platea. Cada vez que Michael Moore decía algo alguien aplaudía. Y así todo el tiempo.

 

Cuatro mujeres descalzas (Santiago Losa)


Cuatro mujeres descalzas en un departamento vacío. Es una película de personajes; cuatro. El mundo existe más allá de ellas pero no es nombrado, sólo mostrado como un todo, la ciudad, el mar, los caminos. Lo importante son ellas cuatro. Algunos diálogos pretenden ser ingeniosos, pero la película puede con ellos y no pierde su interés, su centro, esas cuatros mujeres despojadas de todo.

 

 



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