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Vibrator (Ryuchi Hiroki)
Una
road-movie triste y melancólica sobre una pareja de solitarios que
se abrigan mutuamente y atraviesan el invierno japonés en un
camión, por un paisaje que parece un eterno suburbio. No hay nada
iniciatico ni revelador, sólo la rutina de un camionero cortada
por una compañía ocasional. Y la aventura de trasladarse, a
ninguna parte.
Esquizo (Guka Omarova)
Si
fuese argentina no habría forma de verla. Aquí el tema es la
marginalidad, tratado con importante convencionalismo, pero en vez
de transcurrir en el Gran Buenos Aires, lo hace en la desolada
estepa del Kazajstán, un lugar donde parece que todo pasó hace
mucho tiempo. Ayuda el extrañamiento, y el tío del muchachito, que
se dedica a robar cables de alta tensión sin saber si están o no
en funcionamiento, se gana un Mercedes tras un combate callejero
convenientemente adverso que luego vende a los gitanos en una
feria.
Islands (Albert Maysles; David Maysles y Charlotte Zwerin)
A
Christo Javacheff, el artista búlgaro escapado a los Estados
Unidos, se le dio por envolver cosas en los ochenta; cosas
grandes. Allá el Pont Neuf; aquí unas islas en el turístico
litoral de Miami. Es divertido asistir a los trámites
burocráticos, teñidos de chapuceras discusiones sobre arte o de
discusiones sobre arte chapucero. Christo pidiendo disculpas antes
de decir "sociedad capitalista". Las imágenes del Reichstag en
invierno (el de la guerra fría), tan solo, junto a la “llamada
cortina de hierro”. Documento del efímero arte de la intervención.
Hyenas (Djibril Diop Mambety)
Parece
el África de una publicidad de Coca Cola; en sus colores, en su
diseño. Es que se trata de una comedia y de una parábola. De un
mundo estilizado, que significa. El problema es no tener en claro
el referente, y no poder asegurar dónde termina la película y
dónde comienza Senegal. El film está hablado en lengua wolof y los
subtítulos al español son del color de la arena del Sahara. Todo
un desafío para los sentidos, para la vista principalmente.
Day and
Night (Simon Staho)
No
es un secreto: Thomas se va a pegar un tiro al final del día y la
cámara no va a bajar del auto en la hora y media que dura el film.
Es información que la película y su difusión se encargan de
avisar. El interés está, entonces, en los encuentros que van a
suceder en ese supuesto Volvo; ese último día. En saber al menos
quién es el que va a morir, ya que la razón última de un suicidio
es siempre un misterio. Teniendo en cuenta la obstrucción capital
con la que trabaja (la cámara no cambia nunca de posición y sólo
se mueve sobre su eje), bien se mantienen el interés y la
coherencia, en base a diálogos reveladores de secretos más o menos
negros. Y hasta es más larga que otros proyectos de menos riesgo.
Ronda nocturna (Edgardo Cozarinsky)
La
balada de un regreso. Y encontrarse con una ciudad distinta a la
que dejamos. Esta noche de Buenos Aires está tocada por esos
detalles que sólo la distancia permite ver. Como el reverso de un
mito tanguero que, con el correr de las horas, va dejando ver sus
mecanismos de fantasía. Como un sueño un poco venido a menos.
Spying Cam (Whang Sheol-Mean)
Para
cuando nos enteramos de la razón por la que esos dos hombres
estuvieron compartiendo una habitación casi vacía por más de media
película, todo ese tiempo transcurrido pierde un poco de sentido.
Y entonces es un film político. Casi al final.
Two-Lane Blacktop (Monte Hellman)
Película
de carretera de hace 35 años, de una morosidad entrañable. Todo un
recorrido por pueblos perdidos del sur profundo de Norteamérica, a
la hora de la siesta. Tras la función el propio Hellman, como
justificándose, denunció una influencia bergmaniana. Hay algo de
eso. Y la extrañeza de estar viendo una película sobre cultura
juvenil, tan poco interesada en maltratar los sentidos.
Wall (Simone Bitton)
Ante
el discurso abrumador y hegemónico del montaje televisivo, este
documental recupera del plano secuencia su necesidad política. A
la longitud del muro, la longitud del plano, la necesidad de
mostrar la ignominia en toda su extensión. Y su construcción, y su
desigual padecimiento. Los testimonios están encabalgados en esas
imágenes enormes que tanto se esfuerzan por mostrar.
Y tanto
agradecemos.
The
Heart is Deceitful Above All Things (Asia Argento)
Dicen
que Asia Argento filma el drama del modo en que su padre filmaba
el terror, con la estridencia de la desmesura. La historia es
terrible, casi imposible de ver, soportable un poco por la
distancia que genera la narración y la dignidad que núnca pierde
el pequeño protagonista.
L´Esquive (Abdellatif Kechiche)
Con
las mismas armas, y el mismo guión, podrían haberse hecho (y de
hecho se hacen) las más grandes estafas al espectador, o el más
intrascendente producto de la industria, o las dos cosas al mismo
tiempo. Pero se cruzó cierta sensibilidad y quedó esto: Una leve
historia entre adolescentes de un suburbio árabe de París. En la
forma en que se resuelve el conflicto sentimental que lleva
adelante la acción; en esa decisión, puede leerse todo el
compromiso de este film, y puede volverse a leer todo lo que hasta
ese momento vimos, que no deja de ser tan bello como sincero.
Cándido López, los campos de batalla
(José Luis García)
La
guerra de la triple alianza y la de su – luego - ilustrador
oficial Cándido López, son mucho más interesantes que este
documental perezoso y sin mucho vuelo. Vale sí como documento sí
del estado actual del Paraguay y de su acervo perdido, de la
aniquilación cultural y económica de la que fue en su momento la
nación más próspera de América del Sur.
The World
(Jia Zhang-ke)
El
problema es el lugar. Hay un parque de atracciones con miniaturas
de los iconos arquitectónicos de occidente, en el que transcurre
casi toda la acción, y una puesta en escena que se encarga de
connotar ese paisaje artificial. Es como una desmitificación del
turismo. Un intento desmedido por cualificar el espacio, por
trazar una geografía de los sentimientos.
Palindromes
(Todd Solondz)
Los
juegos narrativos, el ácido humor, la ausencia total de
concesiones, el ánimo de permanente provocación; recurrencias en
el director que esta vez se complotan para producir algo demasiado
grotesco, que de tanto impacto visual no permite pensar las cosas.
Como un juego para los ya iniciados en el culto, no ausente de
cierta demagogia.
Fallen
(Fred Kelemen)
Una
Blowup de provincia. En blanco y negro con tomas muy largas y
lentas. La misma irresponsabilidad que se convierte en culpa,
aunque esta vez con interrogantes mas pasionales que metafísicos.
Y una vuelta de tuerca final, casi tan innecesaria como cualquier
vuelta de tuerca.
Después
de
la tierra
(Luciano Bertone)
Durante
una hora, dos muchachos en edad universitaria dialogan, ya que no
discuten, entorno a la muerte, mientras viajan por la ruta. Lo
hacen de un modo claro (hasta muy prolijo) pero no me animo a
decir pretencioso, porque creo que no lo es. En otro lugar, dos
hermanas ( y la prolijidad ahora está en la luz que deja verlas)
hacen lo mismo pero de un modo más cotidiano o menos reflexivo, o
será que son menos pretenciosas. Si la angustia, o el sopor, no
llegan pronto puede ser por esa alternancia, ciertas ideas
visuales, o por sus escasos 64 minutos.
Five
(Abbas Kiarostami)
Cinco
largas tomas dedicadas a Yasujiro Ozu. Cuatro de ellas con la
cámara fija. Tres de estas mirando el mar. Funciona como una
suerte de tesis sobre los límites del cuadro de la imagen y sus
posibilidades expresivas. Un trabajo exquisito. Y nada más.
Escribir algo más sería mentir. Five es el tiempo que te lleva
verla. Es tiempo filmado. Pura subjetividad. Como una comunión
con la pantalla.
Toro negro
(Pedro González Rubio y Carlos Amella)
El
toro negro es Fernando Pacheco, un joven de Yucatán que se
emborracha y entra al ruedo a buscar la gloria o la muerte. El
documental pretende sorprender del modo más televisivo. Vemos en
el principio cómo un grupo de hombres comenzó a despostar un
animal, y luego el detalle del ojo del bovino que aún se mueve.
Imponer ese orden a los planos en ese momento crucial, es una
decisión obscena. Antes de empezar un cartel informa, para
espantar a las señoras, no veo otra razón, que todo lo que vamos a
ver sucede "apenas a 100 kilómetros del turístico puerto de
Cancún". En su ley el film se encariña con la vida personal del
"torero", en detrimento de su actividad, y allí se queda la
cámara, para mostrar las miserias cotidianas de un marginal y
hacer con ellas un culebrón de la realidad.
Tropical Malady
(Apichatpong Weerasethakul)
Hay
dos historias que en realidad son una, y un amor muy intenso que
las une. Y Tailandia que parece, por momentos, un lugar casi
virgen, como el cine de Weerasethakul, que no se parece a nada.
8
años después
(Raul Perrone)
En
el catalogo dice que el director no había visto Antes de
atardecer previamente al rodaje de esta película. Estamos
entonces frente a una de las coincidencias más grandes de la
historia del cine.
Vida en falcon
(Jorge Gallero)
No
hay necesidad de subrayar nada: un viejo que vive en un falcón
destartalado a pocas cuadras de la que solía ser su casa, en su
cotidianeidad, en su resignación. Imagen cabal y sincera de estos
últimos desventurados años de la patria.
Samoa
(Ernesto Baca)
Son
todas imágenes más o menos reconocibles pero tan atravesadas por
el dispositivo que se vuelven luz y sonido. Y al final aparece el
dispositivo (La imagen de un proyector funcionando), y se termina
la cinta en esa puesta en abismo, y luego se termina realmente la
cinta (la del proyector que no vemos) y se encienden las luces. Y
abandonamos la sala.
4
(Ilya Khrzhanovsky)
Entran
tres personas a un bar (y son cuatro con el cantinero), quién sabe
a qué hora de la madrugada de Moscú. Son sólo los primeros
minutos, luego seguimos a los personajes (a esos tres personajes)
de un modo arbitrario y caótico. Con un espíritu libre, lúdico y
provocador. Como el que informa claramente el primer plano de la
película o esa bacanal de ancianas, con chanco y vodka, casi al
final del film. Muestra de un cine actual y feroz.
Soy Cuba
(Mikhail Kalatozov)
El
realismo socialista es claro. Hay un malo, un bueno y uno al que
hay que convencer. La extensión tampoco es tan desmedida, teniendo
en cuenta que se trata de un film de episodios, como otros con las
mismas y preclaras intenciones doctrinales. La fotografía es de
otro planeta, un ejemplo de perfección, y los prodigios de la
cámara son increíbles, desmesurados, arbitrarios y bellos.
Monumento arqueológico de un cine que ya no puede ser.
El
cielo gira
(Mercedes Álvarez)
En
un caserío de Soria, en medio de un paisaje casi patagónico, sólo
queda un grupo de ancianos viviendo. Es uno de los lugares más
despoblados de Europa, atravesado por dos mil años de cultura
occidental que allí quedaron como capas descubiertas latiendo a
ras del suelo. Documental un poco largo, pero repleto de
testimonios hermosos. La clase de paleontología del inicio, la
charla sobre las preferencias en lo que hace a eclipses; todos.
Géminis
(Albertina Carri)
Pequeño
gran drama con fondo de clase alta. Marteliana, a su modo, por
momentos y en esa idea de la familia. Cierto trazo grueso a la
hora de la crítica social. Al final hay un momento de montaje muy
acertado.
Monoblock
(Luis Ortega)
Una
masturbación cinematográfica. Ortega cree que es un (gran) artista
y tal vez lo sea; esta acumulación de pesadillas, triste juego tan
íntimo como superfluo, pintado para la ocasión, no aclara nada, su
levedad es a toda prueba. Como una cita de autoridad, con letras
grandes y ostentosas, el autor le dedica el film a Leonardo Favio.
Relatos desde el encierro
(Guadalupe Miranda)
Como
documental es bastante convencional. Mas interesado, su nombre
parece advertirlo, en escuchar, que en mostrar. Los testimonios
son muy interesantes. Como el de la muchacha, divertida y
aventurera, a la que agarraron con 135 kilos de marihuana en la
camioneta. Producto televisivo que, con cierto esfuerzo, evade las
cuotas de cinismo, irresponsabilidad y abyección que imperan en el
medio.
Mongolian ping-Pong
(Ning Hao)
En
esta película china que transcurre en Mongolia (ajetreado país de
instituciones aun en ciernes) el tema es la identidad, la
tradición, la modernización. Todo a través de los ojos incautos de
un niño inquieto. De fotografía cuidada en exceso (por no decir
preciosista) y sin muchas ideas por fuera de la pintoresca
ilustración de las familias nómades de la llanura asiática.
Mutant Aliens
(Bill Plympton)
Los
largometrajes de Plympton resultan forzados, demasiado pendientes
de unas ideas visuales que mucho mejor lucirían en la condensada
narración de un corto. Comparase la morosidad del film con la
risueña, efectiva, escatológica poesía de
Eat,
breve pieza que acompañaba la exhibición de esta película.
Temporada de patos
(Fernando Eimbcke)
Comienza
como una estudiantina insípida que amenaza con aburrir mucho.
Aunque núnca convencional (en su planificación, en su puesta en
escena), no pierde el tono ligero, aunque siempre buscado. Aparece
la diversión en las relaciones de sus personajes pre-adolescentes,
y luego en el matiz lisérgico que adquiere la narración, en feliz
sintonía con los hechos narrados.
Control
(Nimrod Antal)
Una
Moebius húngara. No. La opera prima de un muchacho, tentado como
tantos por el misterio urbano del subterráneo, que quiere triunfar
en Hollywood. Un ligero entretenimiento bajo los pisos de
Budapest. Hay humor y se promete acción, pero la historia se
pierde en un tono existencial y, cuando parece que ya no tiene
remedio, se corta con un final de piloto automático. Sólo faltaba
Bruce Willis. Detalle risueño: Antes de iniciarse la ficción, la
imagen “documental” de un empleado de la compañía de subtes,
advirtiendo que los inspectores que se van a ver en la película no
se parecen a los verdaderos.
Aftermath
(Paprika Steen)
Historia
de un apareja (o dos), en torno a la ausencia. La peor de las
ausencias: la muerte de un hijo adolescente. La historia podría
ser de Hallmark, pero un tratamiento medido la convierte en una
película consistente y hasta buena.
The
Wayward
Cloud (Tsai Ming Liang)
Este
hombre está obsesionado con el agua en todas sus formas, desde un
paraguas hasta una sandía (que en inglés se dice melón de agua); y
con la ausencia de ella, claro, como esas nubes pintadas en el
techo de la habitación, esas nubes obstinadas. Digamos que está
obsesionado, está obstinado, con los líquidos en general, con la
humedad, con las emanaciones. Y ese es el tema del film, inscripto
sobre una trama mínima y contado desde una hibridez formal
militante. Las secuencias musicales son de una belleza que ronda
el delirio. El final es sencillamente apoteótico.
Darwin´s Nightmare
(Hubert Sauper)
Hace
algunos años alguien introdujo una especie nueva en el lago
Victoria y el ecosistema se destruyó para siempre. Este animal de
dimensiones bestiales acabó con todas las demás especies que
vivían en el lugar. La supervivencia del más apto. Ahora esa
carne, que es mucha, se exporta hacia Europa mientras en el lugar
cunde el hambre. ¿La supervivencia del más apto? La película
entiende a la sociedad (capitalista) a partir de la metáfora
darwiniana (igualando especies con procesos económicos y
políticos). El documental se ocupa de ilustrar esa homología, esa
rima infame, del modo más abyecto posible, para mejor indignar a
los ojos bienpensantes de occidente.
The Big
Red One
(Samuel Fuller)
"En
esta playa hay dos clases de hombres: los que están muertos y los
que están por morir". No es un film pacifista, es una enorme épica
sobre el absurdo de la guerra. Que por absurdo no deja de cobrar
víctimas. "Vidas ficticias basadas en muertes verdaderas". Una
maravilla.
Soy Cuba: El mamut siberiano
(Vicente Ferraz)
Para quien gusta del cine, los documentales sobre las películas
son siempre disfrutables. El valor emblemático de Soy Cuba lo hace
todo aún mucho más interesante. Las condiciones sumamente
especiales de su producción lo vuelven todo aún más divertido.
Divertido y representativo ejemplo: El episodio del viejo que no
sabía tocar la guitarra, que dio lugar a la composición de un
clásico del repertorio popular latinoamericano, canción triste.
Gimme
Shelter
(Hms. Maysles y Swerin)
El
evento: el malogrado concierto que los Rolling Stones intentaron
dar en Altamont (trágico colofón de los “felices sesenta”); y su
registro: parte del “cine directo” que los hermanos Maysles
profesaban, son caras de una misma moneda: resabios de una época
visualmente más simple, menos cínica, más austera.
L´Amant
(Ryuichi Hiroki)
Hay
tres tipos estériles que contratan a una adolescente como esclava
sexual por un año. Lo que sigue es el registro de ese año de un
modo elíptico y pausado. Con ribetes que pisan el melodrama. Pero
no es un melodrama.
Chats Perches
(Chris Marker)
Este
video fue realizado por un viejo sabio, que a sus ochenta y tantos
años, supo ver en una intervención callejera (unos gatos pintados
subrepticiamente por las calles de París), el lugar desde el cual
la cultura resiste. Y contar a partir de eso, el pulso político de
la ciudad mas inquieta del mundo.
The
Corporation
(Mark Achbar y Jennifer Abbot)
Largo
documentales de tono didáctico. Con el tema abordado en la primera
media hora se podría haber hecho otra película más corta, más
reflexiva, pero seguramente menos divertida. Cuando aparecía
Chomsky en pantalla alguien aplaudía en la platea. Cada vez que
Michael Moore decía algo alguien aplaudía. Y así todo el tiempo.
Cuatro mujeres descalzas
(Santiago Losa)
Cuatro
mujeres descalzas en un departamento vacío. Es una película de
personajes; cuatro. El mundo existe más allá de ellas pero no es
nombrado, sólo mostrado como un todo, la ciudad, el mar, los
caminos. Lo importante son ellas cuatro. Algunos diálogos
pretenden ser ingeniosos, pero la película puede con ellos y no
pierde su interés, su centro, esas cuatros mujeres despojadas de
todo.
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